viernes, 24 de noviembre de 2017

UNA MAÑANA DE DOMINGO OTOÑAL EN GRANADA

UN OTOÑO QUE JUEGA AL ESCONDITE. SE ASOMA PERO NO ENTRA
  
  
            
Domingo 19 de noviembre, un sol radiante penetra por el balcón de mi habitación, hasta mis oídos llegan los sonidos del carillón del reloj de la Patrona guarnecido por sus esbeltas torres, con sombrero piramidal de pizarra negra y un olor a verano envejecido, que no quiere marcharse para dejar entrar  un otoño que remolonea y que no acaba de colarse, aunque sea a hurtadillas.

                                                       Plaza de Bib-Rambla

Hay algo en el ambiente que se percibe, es un olor  especial, un aroma que no es el  de diario, quizás los domingos tienen algo singular, algo que se sale de lo cotidiano, un no sé qué, que es difícil de explicar.


Los sonidos de las campanas de la espadaña  de los dominicos dejan las voces bronceadas de sus campanas llamando a los feligreses al cumplimiento dominical, gentes que van hacia la parroquia, parroquianos asiduos, personas mayores, algunos acompañados por algún nieto, una  minoría de gente joven, parece que no corren aires religiosos para una buena parte de la juventud de hoy.
Desde la lejanía percibo el eco bronceado del esquilón de la torre mocha de la Catedral que habla de distinta forma durante el día.


Antiguamente el campanero con sus manos recias acuchilladas por todas las ventiscas marcadas por las sogas recias del campanario, le han producido desgarraduras que cicatrizaron, las matas de ruda y las mazorquillas de hinojo, él sabía muy bien como hablan las campanas a través de las distintas horas del día,


 al amanecer platica el esquilón de San Pedro que es la campana del alba. El toque de sexta se daba durante un largo espacio de tiempo al mediodía, con el esquilón de San Bartolomé.
El toque de vísperas al atardecer, avisaba para el rezo de la oración, tocándose con la campana gorda, la primera media hora y el esquiloncillo en la segunda media hora. Hoy corren otros aires, todo está mecanizado, y el oficio sagrado de campanero de iglesia ha desaparecido como desaparecieron otros muchos.


- Señor escritor, ¿vamos a dar un paseo por la ciudad, esta mañana dominguera, o nos quiere  convertir en campaneros?


Salgo a la calle, Puerta Real es un hervidero de gente, el sol oscurece mis gafas, y el olfato se me impregna de diversos olores, huele a albahaca, a almendras garrapiñadas, a castañas asadas, a hierbas de herbolario callejero: orégano, romero, salvia, tomillo anís…, para los aficionados a la medicina natural, con resultados curativos del orégano, romero, salvia, tomillo, anís…, para la vesícula biliar, reuma, gota, sinusitis, para la tos, como sedante, antiinflamatorio, que se muestra en los tenderetes, en plena calle y al alcance de la mano, al final cuando no hay resultados se suele terminar en el despacho del médico de turno y en la farmacia de cada cual.

                                                    Monumento a Mariana Pineda

Sigo caminando absorbiendo, todo lo que mis cinco sentidos pueden captar,  el humillo de aceite hirviendo, sobre el que gira la rueda de los ricos churros, a colores diversos de globos que se bambolean en el aire, y el ruego del niño que desea poseer uno. La vista se impregna de colores en la floresta de los jardines que rodean a doña Mariana, a la que el tiempo no le afecta, siempre impertérrita, estática, viendo pasar el tiempo sin que a  ella le afecte, y cómo esta plaza ha ido cambiando su fisonomía, a través del paso del tiempo.

                                                     Hervidero de gente en la calle

Mis pasos esta mañana son sosegados, tranquilos, no tengo prisa, hay que empaparse de todo lo que se desarrolla durante esta jornada  en la ciudad, hay que olvidar el ajetreo rutinario del día a día, captar todo lo que te rodea y sacarle el máximo provecho.

                                                  El granado a la entrada a la ciudad

Cuando se entra en una ciudad, si eres forastero, cualquier cartel anunciador te dice cómo se llama, en Granada todo es belleza natural, no son necesario letreros anunciadores, el granado frente al edificio de Correos, cubriendo su vestimenta con un amarillo intenso, es el símbolo que te acoge.  
    Mi dirijo a la Plaza de Bib-Rambla, por una de las callejas que parte de la que siempre ha sido y será Mesones, a pesar de que, con motivo de la Coronación Nacional del poeta José Zorrilla le pusieron este nombre,  que terminó por desparecer, el pueblo llano y no tanto, sigue la tradición de llamarle a cada lugar el que desde  tiempo inmemorable se le ha titulado.

                                                                                   Fuente de los gigantones en Bib-Rambla

Estamos en Bib-Rambla, una de sus bellas  puertas, la de las Orejas, desaparecida como tantas cosas agraciadas se fueron eliminando, nos corre una de sus hojas y nos mezclamos con la gente.
   Los horrendos  gigantones de la Fuente de Bib-Rambla, condenados a echar siempre agua por sus fauces, mientras el jefe el dios Neptuno con el tridente en la mano controla todo el batiburrillo de actividades que continuamente aquí se realizan.


La sacrificada abuela que gustosamente porta el carrito del nieto, el tío vivo ecológico cuya fuerza motriz son los pies del que pedalea sin cesar, para que la chiquillería disfrute subida en los diversos objetos: la bici, el carrito, el patito, el cubo, el caballito,  parecen objetos hechos  en una clase de manualidades, cortados con una segueta.

                                                   "El tío vivo" ecológico

Desaparecieron los pequeños puestos de flores, que contenían en su interior tal cúmulo de plantas que había que esparcirlas por la plaza dándole  una nota de colorido que era el reclamo para llevarse la zalea, el galán de noche, o alguna petunia. Esta plaza, la de las floristas , ha cambiado continuamente su forma de vida, hoy las únicas flores son las que rodean la Fuente de los Gigantones,  para convertirse en otros tantos puestos  de souvenir.


Ya no hay charlatanes, como en épocas pasadas, ni el que vendía relojes de bolsillo, ni el que animaba con el canto de sus jilgueros, introducidos en sus jaulas,  ni las estraperlistas con sus cestos de pan blanco, vigilantes por si venía el guardia de turno y había que salir corriendo, hoy los únicos que corren son los manteros de color, expectantes al menor aviso, ni el trilero engañando a todo el que se le acercaba, o el caballo de cartón del retratista, y es que esta plaza, es una de las que tiene más vida en la ciudad, lo mismo se engalana con las carocas en la fiestas del Corpus, que se pone por montera una bella Cruz de Mayo, o se entroniza con el más gigantesco abeto artificial de luces de colores, en la Navidad. 
 

 El payaso de turno divierte a la chiquillería, y a los no tan chicos que contemplan cómo hace equilibrios soportando en la frente una especie de varillas metálicas, cómo persigue a una señora haciéndole cucamonas por detrás, todo acompasado por el sonido rítmico  de una música que hace juego con el malabarismo, a veces frustrado intencionadamente; nos unimos al unísono para aplaudir  con todo los espectadores a la voz de mando de nuestro captador de atenciones.


Algún espectador llega tarde, pero el payaso amablemente le indica que se siente, llevaba su banqueta, no sé si era cómplice del espectáculo o simplemente un tardío llegado, lo cierto es que fue otro espectáculo ver cómo, casi da con sus huesos en el suelo, más que en la banqueta. 





Por la plaza de las Pasiegas corren otros aires, la imponente fachada de la grandiosa Catedral renacentista, donde dejaron toda su sabiduría como grandes arquitectos, Diego de Siloe, y Alonso Cano, 


                                                             Alonso Cano

con sus enormes puertas coronada por el Ave María de la Encarnación, y donde en épocas pasadas, sobra las puertas de la gran mezquita que aquí existía, Hernán Pérez del Pulgar, burlando la guardia mora, clavó con su puñal el glorioso letrero del Ave María.



Ya no están aquellas mujeres, llegadas del Valle del Pas en Cantabria que,  recién paridas, orgullosas  con sus grandes ubres al aire, amamantaban a los hijos de otras señoras, pero no unas señoras cualquiera, sino de familias bien acomodadas, que no  querían , ver estropeadas sus figuras.
-Oiga, ¿no le parece poco elegante eso de ubres?
-De acuerdo, diremos enormes tetas.



-Tampoco, es correcto, ponga sencillamente, hermosos pechos y quedará como los propios ángeles, y hablando de ángeles, arriba, en todo lo alto, el ángel exterminador con su espada continuamente levantada, está dispuesto a liquidar a todo aquel cuya conducta no sea la más correcta.



Sonidos de acordeón, flauta, clarinete y saxo, son notas que animan la celebración que esta mañana se está desarrollando, un enorme cartel te percata de la fiesta mañanera. “GRANADA UNA CIUDAD PARA LA INFANCIA”.





 Mamás disfrutando de los trabajos que hacen sus pequeños, el niño con patinete, que va creciendo rápidamente bajo la diestra mano del dibujante, 



árboles de cartón con múltiples objetos colgados; educadores infantiles con variadas vestimentas e incluso subido en una escalera haciendo proclamas,



 árboles con numerosos regalos,  abuelos, papas, niños de todos los tamaños y edades, y un numeroso público de curiosos, disfrutando,entre ellos éste que escribe. 



Espadas cuya metal es el aire concentrado en un globo para disfrute de los que las manejan. ¡Ay! Si todas las armas que utilizamos los humanos, en las guerras, fueran de aire la paz reinaría en el mundo.



    No podía faltar la gitana, con su cansino y tozudo machaqueo, intentando colarle la ramita de romero al visitante para obtener alguna prebenda hecha monedas.



Al Pie de la Torre, como siempre se le ha llamado a este emblemático lugar de una de  las cuatro torres que se iban a construir y que solo quedó ésta sin finalizar por el temor  al  derrumbe, se nutre de la música flamenca reclamo de los CD que aquí se expenden, y el olor a las diversas canastitas con presentación de coloridos carteles, 



anunciando su  contenido: rooclos canabis, té de atardecer en Marrakech, té hindú afrodisiaco, té del Tibet, té quema grasas, té esencias de Granada y toda clase de especias.


                                                     La antigua Romanilla desaparecida
La Romanilla nos espera, lugar donde, en tiempos pasados, se pesaban las cajas de pescados que diariamente venían de Motril. 
Hoy lo ocupa el monumento en bronce al desaparecido oficio del aguador, con su asno cargado con tinajas.


                                                             Monumento al aguador

El deseo, de tomarme un rico chocolate con churros en la Cafetería Chocolatería Alhambra, junto al Aguador, se hace realidad, máxime si es en buena compañía con  alguien que hacía tiempo no nos veíamos, recordando épocas pasadas.




  La Plaza de las Palmeras está totalmente tomada por sillas, mesas, toldos de los bares que ofrecen un variado muestrario de tapas, lugar para tomar el trenecito turístico y hacer un recorrido por la ciudad,  sus enormes palmeras, como largas flechas mirando a la alta torre de la Catedral, 



dejan escapar mi mente del bullicio que impera esta mañana, para trasladarme unos instantes, a un cielo azul intenso, como el mejor toldo que cubre a la ciudad esta mañana.



Un conjunto de jóvenes músicos son el atractivo que han ocupado el famoso lugar del “Caramelo”, ilustre puesto desde “In illo tempore”, donde una variedad enorme de frutos secos, toda clase de frutas y hortalizas, se muestran al consumidor; hoy, por ser domingo, se han posesionado aquí, para con su música Reggae/ska, ser el atractivo de un público que se mueve al ritmo que le marca este grupo, titulado Jamaïcucu.  


Había que deleitarse en las ofrendas de los diversos tenderetes inmaculados que se situaban en el lateral derecho de la plaza, todos perfectamente alineados y mostrando una variedad de obras de arte, pinturas, diversos objetos, como podían ser pañuelos de seda, láminas, lienzos, cajas decoradas, estampaciones, litografías y todo lo relacionado con la pintura y sus diversas manifestaciones, con abundancia de temas granadinos, que muestra un grupo de vendedores, en la llamada: Feria del Centro Artístico  de Granada.  



Me llama poderosamente la atención unos pañuelos de seda, Manuel Rodríguez, se nombra el artista que los confecciona, y en amable conversación me explica cómo se lleva a cabo este trabajo.



La fotografía se hace magia a través de la composición que el Pfotoshop realiza consiguiendo una transformación que combina la fotografía con la pintura, y sobre el delicado tejido de seda se hace la imprimación en Italia.  



Granada y sus Alpujarras, en siglos pasados, fueron lugares donde la industria de la seda a través de los famosos gusanitos, fueron un núcleo de población y prestancia que tuvieron  gran hegemonía.



Algún pintor mientras llega el comprador va dejando sus habilidades artísticas plasmadas en un nuevo cuadro, y Manuel Rodríguez me invita a hacerme una instantánea con uno de los pañuelos que he adquirido, para regalárselo a alguien que tengo en mente. Se trata del famoso  Patio de los Arrayanes donde, diariamente la torre con las huríes del harén del Sultán se bañan en sus aguas, y los peces de colores se entremezclan en una composición de fantasía, como un juego de magia, que hace vibrar en pequeñas olas, deformando la imagen de la torre que se refleja en el agua.



El reloj va marcando la hora del regreso y después de haber concertado una cita con Manuel para plasmar  algunos de mis óleos en sus pañuelos de seda, para tener una colección y ofrecerla como regalo a familiares y amigos, mis pasos van a deshacer el camino andado.






El trenecito ha emprendido su marcha, cargado de gente venida de otros lares y mis pasos siguen la marca de sus ruedas, con la huella de mis pasos.  Atrás queda la plaza, los guiris sentados tomando el sol y el tapeo que nunca encontrarán en sus países de procedencia, las palmeras, la gigantesca torre, el aguador con su borrico bronceado eternamente.



Un  olor especial a fritura de pescado llega hasta mi pituitaria, de la freiduría de Tere, que a estas horas abre el apetito, mientras el público se acerca a llevarse, no solo el olor que absorbemos  los que pasamos, sino el contenido de lo que allí se expende.


-Niñas, ¡los ricos boquerones y las sardinas plateadas llegadas esta mañana de Motril!
-¿Estaré soñando?  
Las voces de las dos hermanas  pescaderas metidas en carnes, con sus delantares blancos, y el rojo clavel en la cabeza llegan a mis oídos, salidas de una de las dos naves ,que en épocas pasadas, ocupaban este lugar. 



Incluso he visto a los famosos payasos Pon Pon y Tedy que hicieron las delicias de los niños cuando íbamos a verlos al Circo de la Alegría, vivieron aquí, de esto solo nos acordamos los que peinamos canas.



Ha sido un momento, cuando mentalmente, he sustituido los toldos, mesas y sillas de estas terrazas, e incluso a los que tranquilamente saborean las ricas cervezas, por las dos enormes naves donde se vendía el pescado en este lugar, que siempre le llamamos “La pescadería de Graná”.



Allí fui en más de una ocasión con mi madre, y aún percibo el penetrante olor del pescado: calamares, gambas, quisquillas, chanquetes, la blanca pescada y la morena, mejillones …., en cajas de madera inclinadas descansando en el blanco mármol, para que las viera perfectamente el público, sobre un largo mostrador situado  en alto.
El sol se filtra por lo alto de los tejados, intentando deslumbrarme, mientras de nuevo llegan a mis oídos los sonidos musicales del grupo Jamaïcucu, que ha trasladado su escenario a una de las esquinas que dan entrada a la Plaza de Bib- Rambla.



Nuevos espectadores se detienen a escuchar el ritmo de sus interpretaciones, e incluso un perrito con su dueña, plácidamente y con gran atención percibe la orquestación; es música pegadiza, que invita a que alguna espectadora mueve el cuerpo, marque algunos pasos a la cadencia y métrica armonía, mientras el resto sin movernos lo hacemos con la mente.
Entablo conversación, en algún descanso, con alguno de sus miembros, y les invito a que vean este archivo cuando lo lance a la nube. (Me dejan su correo: contacto@jamaicucu.es)



Un nuevo payaso ha sustituido en el mismo lugar al que nos encontramos a la ida, el público ahora es minoritario, quizás por la avanzada hora, pero sin embargo, un grupo de chiquillos le siguen el juego de lo que les va ordenando.




     El golfista, siempre intentando lanzar la pelota, en un escena de inverosímil quietud, llama la atención para entrar en uno de los restaurantes que vinieron a sustituir a tiendas de quincalla, ferretería y almacenes de juguetes que, en estas épocas invernales se veían concurridas de chiquillos que miraban ansiosos el scalextric que se enseñoreaba en los escaparates, como objeto que pedirían a los Reyes Magos, próximos a  llegar.



Arco de las Cucharas y de las Orejas, con su esbelto arco apuntado de diez metros de altura  puerta genialmente descrita por el viajero Teófilo  Gautier, “rodeada de casas con miradores y balcones de madera, llena de cambiantes, de vendedores de cacharros de barro, de pucheros, sandías, quincallas, romances, cuchillo, navajas, rosarios…” debía de ser de lo más animada, (yo creo que ese aire lo ha conservado durante siglos y lo sigue teniendo adaptado a los tiempos  que corren). Típica entrada a un mercado como lo son hoy las medinas musulmanas. Se llamaba así por exponerse este miembro, cortado, a los malhechores, criminales y estafadores.


                                                         Arco de las Orejas

     La Plaza de Bib-Rambla la dejamos atrás, mientras las artísticas farolas verdaderas piezas únicas de hierro, se quedan con sus leones conversando estáticamente en la distancia, con la torre de la Catedral que asoma su cabeza, bellamente engalanada con pendientes de bronce, por encima del Palacio Arzobispal, mientras Neptuno desde lo alto de la fuente hace de intermediario en la conversación.



Calle Salamanca donde los negocios cambian un día sí y otro, recuerdos el Bar Aliatar, que tuvo su cede, en la década de los cincuenta,  en la Calle Recogidas, hasta que consiguió la mayoría de edad, y le hicieron crecer a lo ancho, y los bocadillos se vinieron a vivir por estos lugares de: ¡¡jamón medio,  entero de alcachofas con mahonesa, o de caoba….!!, órdenes que se marcaban por el camarero, en voz alta para que se fueran preparando.



Olores de almendras, manises y piñones garrapiñados, se esparcen por la calle y donde había una famosa droguería, llamada Droguería Salamanca, permanece cerrada esperando un nuevo inquilino.



Las dos de la tarde, diecinueve grados a la sombra, se están recogiendo los tenderetes de los domingos, colocados en la Acera del Casino, aunque los minerales, piedras y cuarzos cristalizados, junto al de monedas y filatelia permanecen mientras despachan a sus últimos compradores.





¡Castañas, castañas, vamos niñas a las castañas, en la puerta del Banco Popular, la popular castañera ruega todos los días al cielo que se vaya esta maldito verano que está estirando demasiado los pies, y no deja entrar el frío para que la gente se anime a comprar su mercancía que no solo calienta los estómagos sino también las manos.



El sonido de una alarma, que no sé de donde viene, si la escuchas parece decirte, ¡ricas, ricas, ricas, ricas!, préstale atención al sonido del vídeo.



Bolsos tirados por el suelo, avisos de que vienen los guardias, y no he visto más rapidez para recoger la mercancía, éstos de color moreno lo tiene todo preparado, para de un tirón reducir la mercancía a un solo bulto y poner “pies en polvorosa”.



Las nubes de agua construidas en finísimo polvo acuático en la Fuente de las Batallas, acompañada de los estruendosos chorros, lanzados al aire como si fueran proyectiles, ¡Ojalá!, todos los proyectiles que se usaran en las guerras fueran de esta naturaleza.



Unas velas junto a unas flores son el homenaje en este día a los accidente de circulación, que esa sí que es otra guerra de imprudencias y desatinos.



Había que terminar el paseo pero no sin antes asomarse a la entrada de la Carrera de la Virgen, ver a la otra castañera abriéndosele la boca de aburrimiento y al señor de los globos dándole colorido a una mañana que ha sido un verdadero placer disfrutar.


El reloj de la Diputación marca las dos y cuarto de la tarde, el seto del jardín que le precede, ha cubierto su cuerpo con un bello echarpe de color amarillo, confeccionado con el regalo que le han hecho los arboles de alrededor que se están desnudando para dormir el sueño del invierno, mientras siguen lloviendo hojas, que acarician mi cara cuando me marcho a casa.


Un adiós a la Marina que  no deja de mirar a los que indiferentes pasan por delante de ella, recordando aquellos versos del poeta.


Otro otoño triste.
Ya el otoño frunce su tul
de hojarasca sobre el suelo,
y en vuelo repentino,
la noche atropella la luz.

Todo es crepúsculo,
señoreando en mi corazón.
Hoy no queda en el cielo
ni un remanso de azul.

Qué pena de día sin sol.
Qué melancolía de luna
tan pálida y sola,
ay que frío y ay que dolor.

¿Dónde quedó el calor
del tiempo pasado,
la fuerza y la juventud
que aún siento latir?

Se fue quizás con los días cálidos,
de los momentos que a tus lados viví.
Y así esperando tu regreso,
otro otoño triste ha llegado sin ti.
(Miguel Hernández)
Querido amigo, si me has acompañado en el paseo y has gozado de él como yo, te lo agradezco. Un fuerte abrazo.



                                         José Medina Villalba.