miércoles, 17 de enero de 2018

LA REBELIÓN DE LOS SOMBREROS



Sombreo en mano entró
en España
y al verla se descubrió,
y un hombre que de tierra
extraña
a nuestra España llegó.
Dijo…., nunca yo creí
que esto en el mundo
existiera,
que Dios con su poderío
a esta tierra divina
tanta hermosura le diera.


No hay más que una,
y España no hay más que
una,
ya lo puede usted decir
el que quiera convencerse
que se venga aquí a vivir.


Así sonaba en las casas de vecinos del barrio del Albayzín, y de todos los barrios de nuestra hermosa ciudad,  esta canción de Pepe Blanco, salida de una de las joyas más preciadas, por aquellos años cuarenta, del aparato de radio, perfectamente colocado en la repisa del cuarto de estar, vestido con un precioso tapete hecho por las manos cuidadosas del ama de casa, como se podría engalanar el más preciado don de la naturaleza, mientras las vecinas hacían diariamente las tareas domésticas.


Por aquellos lejanos tiempos, pocas cosas se tenían, pero se sobrevaloraban enormemente y se les tenían en gran estima, por la gente sencilla y trabajadora, e incluso por una escasa clase media.


Hoy tenemos, absolutamente de todo, aparatos de todo tipo: televisiones, móviles de alta gama, coches de todas las clases y categorías, sistemas electrónicos, modernos para cocinar,  ropa y vestimenta, la que apenas nos ponemos…, pero como dice el refrán “la abundancia rompe el saco", y la verdad es que hemos roto el saco de nuestras ansias de poseer,  que se nos han caído todas al suelo por eso agujero enorme de la agonía, caen al suelo del desprecio, porque se nos ha roto el aprecio a las cosas y por todo lo que tenemos.


Estimamos y solemos valorar, en términos generales, muy poco lo que poseemos, se estropea algo y pronto lo sustituimos por otro superior, no ocurría esto en aquellos tiempos, el aparato de radio adquirido a semanería, era el rey de la casa, nos deleitaba y entretenía, con las canciones, con las novelas, con las noticias, y hasta era un elemento decorativo, cuando permanecía en silencio, lo dicho anteriormente una joya que se la  mimaba y quería.
-Oiga, mucho cuidado con lo que dice, no todo el mundo está en la línea de lo que usted manifiesta.
-Estimado lector, respeto tu opinión, pero hablo en términos generales, aunque nadie, absolutamente nadie, se queda hoy sin comer ni vestir, hay muchos organismos, sobradamente conocidos, que no voy a señalar, que lo hacen. 


Hasta los que mendigan por la calle sentados en el suelo, o ricamente en una silla portátil resguardados del sol bajo un paraguas, con un enorme cartel pidiendo una ayuda, con letras de imprimación elegantes, porque tienen no sé cuántos hijos, porque el banco les ha quitado la casa, algunos no piden para ellos, sino comida para su perro que lo tienen al lado, e incluso los vemos hablando con el móvil, o tranquilamente leyendo una novela, hubo uno que, curiosamente tenía varios carteles, en uno pedía para sus  whiskys, en otro para comprarse un coche,  y en el tercero para un viaje….
-¿Es que es malo leer?


-Que va, hombre, todo lo contrario, están dando un buen ejemplo porque incluso  estando en situaciones precarias, como es el caso, no hay que dejar de culturizarse.   
-Y todo esto, señor escritor, ¿a qué viene?, porque no veo que tenga que ver nada con el pomposo título  que nos ha puesto de entrada.
-Llevas razón, pero volvamos al principio, retornemos  a la canción del famoso Pepe Blanco y su magnífico sombrero, pues ahí es donde yo  quiero llegar, para dar comienzo a este relato vestido con algo de fantasía, y con parte de realidad.



Sobre la estrecha, fría y excesivamente árida mesa de un quirófano me encontré un día, cegada mi visión ante el enorme foco que dejaba sus eléctricos rayos caer sobre mi cara cegándome  la visión.
No sé si  has tenido, y ni te lo deseo, que puedas guardar esta experiencia, pero  la primera vez que te subes a este desagradable pódium, con más miedo que vergüenza, aunque éstas las llevas tapadas con una sencilla bata, atada con una simple cinta por detrás con lo que las menos vergüenzas de la parte posterior de tu cuerpo las pones en frontera de los que están saturados por su trabajo en éste lugar.



El asunto es que, un día, me tuvieron que extirpar un pequeño bultito en la frente, por recomendación del dermatólogo, cuyos consejos  fueron, que a partir de entonces tendría que proteger diariamnte, mi blanca y fina piel, con crema de protección total e incluso una especial solo y exclusivamente  para la frente, pero aparte siempre sombrero, y de ahí, mi querido lector, lo de la canción del sombrero de la entrada, y mi afición a los sombreros.
Desde entonces protejo mi tete con sombrero, adaptándolos a cada época del año, por lo que tengo unos cuantos, tanto para la estación del estío como la de entretiempo, o riguroso invierno.


Aquella mañana cuando el frío te hiere el cuerpo como cuchillas punzantes, cuando el invierno ha tomado posesión total de su terreno, se ha hecho dueño de sus dominios, nos deja el lenguaje vivo de su forma de ser, que no es otro sino la frialdad que suelta sus señas de identidad transformando las gotas vidriadas de la lluvia en blancas y diminutas  palomitas que se recrean bajando lentamente como paracaídas caídos del cielo o mariposas blancas,  para acariciar suavemente tejados, jardines, plazas, bulevares…, 

                                                 Nieve en el Realejo. Plaza Fortuny 

recreo de mayores y pequeños, que juegan convirtiéndola en bolas, muñecos, creando cuadros pictóricos que se presentan, de tarde en tarde, para una subasta rápida del mejor madrugador captando las escenas más impresionantes, quedando prisioneras en las cámaras, móviles y en la rapidez del dibujante que sabe captar la escena, a vuela pluma, en un apunte rápido.



La brisa de Plaza Bib-Rambla enjaezada de aromas de café y de aceite hirviendo que transforma la masa de harina, agua y levadura, en ricas y apetitosas ruedas de churros, para deleite del que los saborea en los desayunos, meriendas y atardeceres, con el espeso chocolate, que calienta cuerpo y alma, me veía pasar dejando la marca de mis zapatos goretex, que ufanamente la piel de mis pies agradecían su textura y los protegía del riguroso e intenso frío de una nieve recién caída, dejando la huella en la virginal cellisca, marca que quedaría poco después desecha por las pisadas de los que se dirigen a sus faenas obligadas  del trabajo.


                                                  La Romanilla, desaparecida

La Romanilla donde las cajas de pescado llegadas de Motril con sus ricas, brillantes, y relucientes pieles fosforescentes plateadas se sometían, en tiempos pasados, al  escalonado descendente subastado hasta que una voz entre los concursantes decía:
-¡Alto!  
Quedando en manos del mejor postor, hoy se ha sustituido, desapareciendo las naves, las cajas y el pescado, por la nieve que cubre  las aguaderas del que homenajea uno de los oficios más castizos y típicos de nuestra ciudad, acompañado de la voz del aguador que anunciaba con ese característico y repetitivo sonsonete, el pregón:
-¡Eh! El agua.


Está con su sombrero a lo catite posando sobre él, el agua hecha blancor helado, y en las aguaderas el tinte blanquecino de la nieve que no para de caer.



En un escaparate se lucen perfectamente colocados para llamar la atención de los viandantes los que más tarde han de cubrir las cabezas con varias finalidades, protegerlas del frío severo del invierno, o del sol riguroso del verano, eso por una parte y por otra, cumplir la misión de una prenda que da prestigio y elegancia al que la porta.



Después de observar detenidamente los que se exponen, y puesto que mi intención no era otra sino adquirir alguno de los que están allí, precisamente para cambiar de lugar siempre que llegue el que los quiera lucir,  penetré en el interior del establecimiento.
-Buenos días.
La dependienta, una señorita de buena presencia, amablemente me correspondió con el mismo saludo.
Después de indicarle cuál de los chambergos que se lucían en el escaparate,  
me agradaba, de un enorme montón extrajo el que me venía a la medida de mi cabeza.



-Mire señor, a usted no le va ese tipo de montera.
-¿Por qué? Fue mi respuesta.
-Pues muy sencillo, porque usted es de piel muy blanca y éste que ha elegido es claro.
-Me deja que elija uno, ¿a ver qué le parece?
Con la agilidad y rapidez que le caracteriza a una dependiente eficaz y que domina a la perfección su oficio, me colocó delicadamente en el lugar correspondiente de mi cuerpo uno que sacó de un armario.



-Mírese en ese espejo y después deme su opinión.



Me asomé parsimoniosamente al cristal, que con magnificencia nos habla, a través de él, nuestra propio ser, me quedé contemplando mi figura, después de unos segundos de silencio, girando la cabeza  de un lado para otro, observando cada uno de los laterales, dejando que mi mano acariciara el ala derecha y después la izquierda, e incluso levantándolo un poco, colocando suavemente mis dedos pulgar e índice sobre las hendiduras que tiene en la parte superior para asirlo, lo levanté delicadamente para después dejarlo caer sobre mi cráneo, escuché la voz de la dependienta que tenía detrás y que detenidamente estaba observando todos mis movimientos.


-Qué tal?
Hubo unos segundos de silencio, seguí recreándome, antes de responder, girando  alternativamente la cabeza.
Miraba el sombrero, pero al mismo tiempo a la vendedora que impasible, como estatua inamovible, se encontraba detrás, aguardando  respuesta.
En mi interior ya tenía la respuesta, me encantaba, pero deseaba que fuera, la bella dependienta, la que hablara por mí.
-Señor, éste es el suyo, el que le va a su piel.
-Mire, tengo un abrigo azul marino y me gustaría alguno que le fuera bien.
-Tengo varios, -respondió- pero le voy a sacar el que es completamente idóneo a su piel, a su físico, a su  presencia, a su estatura.



No te voy a repetir, querido lector, cuales fueron mis movimientos delante de la luna acristalada, porque fueron idénticos a los anteriores, pero sorprendido ante el fausto y el esplendor, que imprimía el chapeau.
-Me los llevo los dos.
La comisura de los labios de la gentil, encantadora y bella figura de la señora que me atendía, en un momento, se elevaron haciendo una mueva de sonrisa, con la que mostraba plena satisfacción, acababa de abrir el despacho y no era mala la venta que, para santiguarse, estaba realizando.






-Me gustaría que les pusiera una pluma.
-Tengo las más apropiadas.
Me parecieron plumas de pavo real en diminutivo, e incluso me agradó que cada vez que con una delicadeza especial, las iba colocando, en cada uno de los sombreros, los dos impregnados por mi imaginación, se sentían más orgullosos. 


  
Los colocó delicadamente en una caja, separándolos por un círculo almohadillado, y  con mi caja, en forma de maleta, después de desearnos buenos días y las gracias correspondientes por ambas partes, salía  la calle.



Seguía nevando, la nieve de las calles sometidas al apisonamientos de los transeúntes, se había convertido en un lodazal, donde la blancura se había transformado en un gris aguado que ya no era una almohadilla, sino una  mezcolanza achocolatada que no tenía que ver nada con el chocolate de las cafeterías de Bib- Rambla, pero sí ser el comienzo de un resbalón seguro.



Llegado a casa, los coloqué en sus sitios respectivos, después de desvalijarlos del maletín en el que los había transportado, el azul marino, con pluma moteada, se instaló en el armario principal del dormitorio, donde se encuentran los trajes y abrigos que me suelo poner en días festivos y de cierta solemnidad, el que me he de colocar a diario, en el armario de mi estudio, donde está la ropa de más batalla.



Un ruido de extraño cuchicheo, que no pude contactar con certeza de qué se hablaba y trataba, pude comprobar al colocar el segundo sombrero, pero aquello me lo confirmaría  un despertar algo soliviantado la madrugada.



Un movimiento extraño acompañado de un rumor de hablas extrañas se cernía sobre mi cabeza, que no sabía si estaba soñando o era una realidad.
Me refregué los ojos, agudicé el oído y en mi estudio había alguien que hablaba. Por momentos me llené de pánico por si algún ladrón, asaltador de viviendas, estaba realizando su trabajo, pero reflexionado un poco pensé, no es posible porque no ha saltado la alarma, seguí escuchando un poco más, desmelenado del sopor del sueño, ese de las primeras horas, que suelen aprovechar los expertos apropiadores de lo ajeno, y efectivamente hablaban era un lenguaje especial, un idioma que se salía del corriente que hablamos los humanos, pero en cierto modo y haciendo un esfuerza de traducción se podía entender lo que se estaba cociendo en esos momentos.



Con sumo cuidado despegué los atuendos con los que por la noche en la cama cubrimos nuestro cuerpo, posé mis pies descalzos en el enlosado de mi habitación y de puntillas, con sumo cuidado, sin hacer el más leve movimiento,  me dirigí al lugar de donde surgía aquel extraño lenguaje.



Conforme avanzaba por el pasillo, completamente a oscuras para no despertar sospechas, hacia el lugar de donde surgían las livianas palabras, tambaleándome de parte a parte bajo el sopor de un sueño que aún no se había marchado, tuve la mala fortuna de tropezar con una de mis esculturas colocada encima de un pedestal, en concreto, un busto anatómico de mujer, que por momentos se tambaleó y estuvo a punto de dar con su  desnudo cuerpo en el suelo, ¡horror!, ¡pánico! ¡espanto!, silencio absoluto, el chismorreo se aplacó, mis piernas empezaron a temblar, solo se escuchaba el tic, tac del reloj que hay situado la consola  de entrada a la vivienda y  el ruido monótono continuado del frigorífico que, en aquel momento, se acaba de arrancar.



Una figura extraña asomó la cabeza por el quicio de la puerta, era una cabeza carente de este miembro importante del cuerpo.
- ¡Pero eso no puede ser!, eso es un antagonismo descabellado totalmente  imposible.
   Los reflejos tenues de la luz a modo de luminiscencias que agonizan, emergía hacia el pasillo, me escondí agachado todo lo más que pude detrás de un mueble clásico estilo versallesco, solo quedaba la silueta de mi sombra apoyada sobre una terracota de ninfas bañándose, que el avispado explorador,  enviado por el que aparentemente descubrí era el jefe de la tertulia, después de fisgonear a derecha a izquierda se introdujo en el interior del estudio y dio el parte de guerra.



-¡Sin novedad, jefe!, ha sido un cuadro de pintura, de los varios que hay en el pasillo, que ha dado con su cuerpo en el suelo. Podemos seguir.
No quise moverme del lugar que ocupaba, pero me pasé el dedo índice abriendo paso y despejando lo mayormente posible el interior de los oídos para que pudiera enterarme de lo que allí se estaba fraguando.



El más antiguo de mis sombreros, el que lleva más tiempo conmigo, el que ha tenido la oportunidad de viajar hasta los lugares más recónditos, contemplando bellos paisajes, conociendo lugares que jamás podía sospechar, hoy ha reunido a todos sus compañeros en plan de rebeldía para manifestarse públicamente y arengarlos para que se unan a una protesta. Su estructura es de corte clásico, estilo borsalino construido en  buen paño, formando un espigado que lo embellece tiene una cinta anudada y sobre ella una plumilla negra destacando en el centro un rojo que le da cierto aire de especial elegancia, es un fedora muy similar al que utilizaba el personaje de ficción Indiana Jones, su fabricación es exclusiva de Alessandría, Italia; es tenido por jefe por todos los demás.



-Estimados compañeros, nuestro querido dueño, éste que nos pasea a diario llevándonos sobre su cabeza, para sacar el mayor provecho de todos, nos ha  traicionado.
-¿Qué ocurre?, respondió, rápidamente, como alma que lleva el diablo, el segundo de abordo, es  un sombrero de color verdoso, realizado en fieltro, con una cinta negra que lo bordea anudado en el lateral izquierdo donde lleva una plumilla color anaranjado, cubierto en su interior con un fino forro de seda del mismo color. Mi dueño me utiliza normalmente cuando se pone el chaquetón verdoso.




Alrededor del jefe se fueron colocando los restantes, otro de color gris con una diminuta espiguilla, con cinta que lo bordea del mismo color, también de fieltro, de más batalla y los clásicos de verano estilo feroda panamá, uno realizados en paja o esterilla fina, con una cinta de cuero con hebilla en el lateral izquierdo.



-¿Y yo, que pasa no os acordáis de mí? se oye decir a una gorra verde, estilo inglés muy apropiada para ir de campo o asistir en el hipódromo a unas carreras de caballos, que se encuentra colgada en una percha.




Baja de ahí y únete a nosotros, le dijo la que hacía de jefe.
Hoy no os voy a hablar de los comportamientos sociales que tenemos que realizar cuando entremos en un local, cuando saludemos a una dama,  cuando nos crucemos con otro señor con sombrero, donde colocar el sombrero cuando nos sentamos…., sino de otro asunto mucho más grave y de transcendental importancia.



Han llegado a esta casa dos intrusos nuevos, dos nuevos sombreros que han venido a restarnos importancia, dos fisgones advenedizos que han llegado para postergarnos a los que llevamos tanto tiempo sirviendo a este señor de la casa.
-¡Eso no es posible!




Contestó enfurecido  el sombrero feroda de panamá, yo, que le he evitado que tenga problemas en la piel protegiéndole de los furibundos rayos solares, permaneciendo muchas horas sometido al calentamiento diario del Sol de justicia, durante el estío.
No se hizo esperarla réplica del sufrido de color gris.
-¡Vamos no me puedo creer lo que estás diciendo!, en las situaciones de batalla diaria, cuando vosotros os quedabais tranquilamente aquí reposando para que no os estropearais, mientras yo, tenía que aguantar la lluvia, cuando se le olvidaba el paraguas, y  nos cogía de improvisto, el polvoriento y mal oliente humo que sale de los tubos de escape de los ruidosos y ensordecedores vehículos, que como una plaga de libélulas devoradoras rompen la  tranquilidad de los peatones.



De igual manera se manifestó el de la pluma color naranja, de color verde, más éste no pudo contener la rabia interior que sentía, que dio un salto de la percha donde estaba colocado para plantarse en el suelo dando un fuerte sombrerazo, que dejó a todos descolocados esperando su filípica.
-¿Sabéis lo que os digo?
Un silencio, que se espació por unos segundos, fue la respuesta.
Se miraron unos a otros sin saber qué decir.



Al fin, nuestro sombrero no quiso poner de manifiesto su labor desaforada y hecho un energúmeno lanzó al aire saturado de iracundos comentarios una soflama arengando a los compañeros.
-Mirad, compañeros, he pensado, y por lo tanto quiero ponerlo de manifiesto, que lo mejor es que llamemos a consultas a nuestro dueño.
-Hombre respondió el feroda de panamá, nosotros no somos embajadores como suele ocurrir con los que representan en diversos países al nuestro.



-Es cierto, se ha creado un descontento entre dueño y servidores y esto hay que llegar a un acuerdo para ver la situación en la que hemos quedado,  antes de declararnos en huelga, y no prestarle nuestros servicios al señor de la casa, propongámosle un encuentro y que nos aclare la tesitura a  la que hemos llegado.  




Seguía escuchando con nitidez lo que allí de discernía, y opté por presentarme e intervenir en la conversación para llegar a un acuerdo con los que se sentían servidores míos.
Previamente cogí a las nuevas adquisiciones y sin mediar previo aviso me presenté delante de la tertulia.
-Buenas noches, fueron mis primeras palabras, el pánico cundió, por momentos y todos corrieron a esconderse.


La gorra, y el sobrero gris dieron un salto y rápidamente se colocaron en la percha, los otros quisieron poner pies en polvorosa y buscar sus respectivos escondrijos.
-Alto, dije empleando un fuerte vozarrón.




¡Quietud, silencio!, solo se escuchó el ruido del camión de la basura que en esos instantes pasaba por la calle y el sigilo misterioso  de una polilla que dejó de roer las maderas del armario del estudio para asomar su cabecita por el agujero y fisgonear.
-¡Tened calma, que no cunda el pánico!
Os presento a mis dos nuevas adquisiciones, que quieren forma parte de esta familia sombreril



-Por bajinis el que se sentía más esclavo de todos, el de color gris, le dijo al que estaba a su lado y era considerado por todos el jefe.
-Veremos a ver por donde se deja caer éste, porque como no nos dé una razón convincente, las va a tener claras conmigo.
-Todos vais a seguir cumpliendo vuestra misión, que hasta ahora habéis desarrollado a la perfección, por lo que os estoy enormemente agradecido.



-El sombrero azul marino de fieltro, es un borsalino,  un modelo estrella del famoso sombrerero Giusepe que lució en algunas de sus películas Humphrey Bogart.
-Lleva una cinta de cuero negra y sobre ésta una elegante pluma de pavo real con puntos blancos sobre fondo marrón, a modo de un vestido  de  gitana, rematado por unas plumillas vaporosas en la base, y un sobre puesto cálamo anaranjado.



-No ha venido a  quitarle puesto a ninguno de vosotros, a lo sumo algún descanso, porque sólo me lo pondré con el abrigo azul marino, que cómo sabéis lo suelo hacer de muy tarde en tarde.
-Muy bien, respondió el jefe de los sombreros.
Pero, ¿qué nos dices del otro, color marrón, también muy elegante, luciendo cinta que lo bordea, y sobre ella plumilla de gran colorido al estilo de los famosos capos que la televisión y los periódicos se han encargado de convertirlos en celebridades a pesar de sus actos?
Porque,  no nos negará que hasta sobre la cinta va puesto el nombre de capo.



-Bueno, éste sólo lo llevaré cuando porte el chaquetón del mismo color, que tampoco será todos los días con lo que daré un leve descanso a alguno de vosotros.
Por lo tanto haya paz, armonía, y  un no a la guerra, y al descontento, la familia ha crecido y todos nos tenemos que sentir orgullosos.
El jefe, después de una breve consulta con sus compañeros, consensuando la opinión de todos, se manifestó diciendo.
-Estamos de acuerdo, sean bienvenidos los nuevos camaradas.
La familia creció, la paz reinó y esta aventura finiquitó.



Sombrero, mi querido amigo, cobijo  de mi cabeza, 
resguardo de mi blanca piel, me das calor en invierno 
y frescor en la crudeza del estío, proteges mis ojos de los rayos solares.
Siempre estaré en deuda contigo, cuántos silencios y secretos 
conoces de mi vida. Eres sencillo, eres simple,
acaricias mi cabeza y mi cabello agradecido.
El día de nuestra partida te llevaré conmigo
y en los espacios siderales serás aplaudido,
recibirás la recompensa por tu trabajo bien cumplido.
Eres simple, pero hermoso, como una tarde de otoño
en el que las hojas caen, eres mi fiel  amigo.
Por todo lo que has hecho conmigo, eternamente agradecido. (J.M.V.)

                                           José Medina Villalba.