domingo, 19 de febrero de 2017

EN LAS ENTRAÑAS DE LAS ALPUJARRAS

  
                             Óleo sobre lienzo. 45X33. José Medina Villalba
                      
                ¡Pitas, pitas, pitas!, son las ondas sonoras que impactaron en los tímpanos de mis oídos cuando mis ojos se deslizaron por una calleja que se salía de las connotaciones que marcan los cánones de la arquitectura de cualquier pueblo, ya sea de la Vega granadina, de la costa, de los Montes Orientales, o del antiplano de la Hoya de Guadix y Baza.

                                        ¡Pitas!, ¡pitas!, Pitas!
                       
            Su posición con un declive marcado, en tantos porcentuales, de un quince por ciento, me indicaba que aquella rúa, pertenecía a una aldea de montaña, más bien yo diría de alta montaña.
  
                                       El arriate por medio de la calle
               
        Una canal en medio, a modo de arriate, era la columna vertebral que la partía asimétricamente, como hilo conductor de las aguas que vertiginosamente bajarían, cualquier día de lluvia o por el desbordamiento de la abundancia del fluido que se canaliza en las acequias que la circundan.

                                        El blancor encalado de las fachadas
        
        El blancor de las fachadas con el que visten las moradas es tal que, al ser acariciadas por los rayos solares se intensifica de tal manera que al percibirlo las retinas de mis ojos, inevitablemente, me hacían parpadear. 

                   El olor característico de las cuadras, envolvía la atmósfera
           
            La atmósfera, cuyo contenido en olores abundaba, e impregnaba las membranas de mi pituitaria, se percibía junto al rebuzno de los animales que moraban en las cuadras ocupando la parte baja de las viviendas.
          Unas escaleras, donde los peldaños, que dan acceso a la entrada, no guardan ninguna norma de simetría, deslizan mi visual subiendo por ellas a una puerta sin afinamientos de garlopa, ni ajustes de cielos, mientras los aleros la protegen de los avatares caprichosos de los cambios del tiempo.

                                   Los gorriones sisaban la comida a las gallinas
           
        Unos gorriones intentan, deambulando en saltos caprichosos, sisar algo de la comida que disfrutan las gallinas, mientras el zureo de las palomas que abundan por los "terraos" y azoteas, y otras volando en círculos, ponen una nota de sinfonía campestre por los alrededores.
              Las ventanas carecen de cristales en la mayoría de las viviendas, los postigos de madera son los parapetos que las defienden.

                  Las ristras de pimientos colgandos en las fachadas de las viviendas
            
          Las azoteas se utilizan para almacenar grano y secar tomates,  pimientos rojos, mazorcas de maíz, berenjenas cortadas a rodajas,  sobre todo durante los meses de otoño e invierno y de allí se pasa al "terrao", aunque también es fácil ver las ristras de pimientos, como si fuesen pendientes que adornan el bello rostro de una mujer colgando de las fachadas, junto a los balcones y ventanas.
                Tras las casa se eleva la montaña en escalones de bancales cultivados,
             
                     Las macetas repletas de geranios, son tapices  que adornan las fachadas
              
        Las balconadas abarrotadas de macetas, cuyos tiestos han sido confeccionados en los hornos morunos que dejaron los que en tiempos pretéritos hollaron estos lugares, repletas de geranios, son tapices que cuelgan dando un colorido especial a la presencia de los frontispicios que lucen orgullosos el variopinto colorido de mi paleta, que quiere captarlo y trasmitirlo al lienzo que ahora he terminado de plasmar.

                                      Los tinaos cubren espacios en las calles
        
       No hay uniformidad en la piel, que guarda en su interior las vivencias y costumbres de sus habitantes, rugosa por los años que carga sobre sus cimientos, pero orgullosa por el carácter de su fisonomía, que la singulariza, constituyendo el sello principal que las diferencia de las demás viviendas de otros pueblos y lugares.

                                        La luz se derrama por todas partes
         
         La luz se derrama por todas partes, no importa qué nubes esponjosas, moviéndose lentamente, en cualquier momento, quieran cubrir con su tupido velo el cielo bajo el cual se cubren.
                                          Los lugareños aran los bancales
          
         Me llegan, desde lugares lejanos, los sonidos encubiertos en las voces de los labriegos que en las escalonados bancales, donde tienen el recursos de sus alimentos, dirigen la marcha de las yuntas de mulos que preparan con sus arados de vertedera, el suelo donde han de depositar las simientes: 
-¡vamos chica!, ¡ria, ria!, ¡jo, jo,jo!, ¡quieta!, se aúnan a los ladridos de los perros, como guardaespaldas les acompañan, mientras el canto del gallo se auna a esta mescolanza de sonidos como un instrumento más de una orquesta campestre.

                                           El tintineo de las esquilas de los rebaños
           
           El sol se ponía ya, y hasta mis oídos llegó el tintineo de las esquilas de un rebaño que regresaba después de haber estado todo el día pastando por la montaña, un grupo de vacas y cabras regresan al pueblo, hombres y mujeres se llaman unos a otros comiéndose sus gritos en el aire como arroyos.

                              La paz y tranquilidad es la nota predominante
                
            El sonido de los tractores y de la maquinaria moderna aún no ha hecho acto de presencia en estos lares. Son terrenos vírgenes de toda clase de elementos contaminantes que puedan perturbar la paz ecológica y corporal de sus habitantes.  

                                        Las pequeñas chimeneas humeantes
      
         Las viviendas pegadas unas a otras con sus tejados de gredas, planos y sus pequeñas chimeneas humeantes de las que ascendían ligeras columnas de humo que se disipaban rápidamente, sugerían algo construido por insectos, de cada una salía un penacho de humo azul que, uniéndose a otros penachos, daba lugar a una tenue neblina que gravitaba  sobre el pueblo.

                                       La carretera serpentea el paisaje
      
           La carretera serpentea en suaves curvas a lo largo del flanco uniforme de las montañas, mientras corren riachuelos por todas partes, vivo alimentos de los bancales y de los álamos creando un delicado dibujo, como una labor de bordado, sobre la colosal vertiente de la montaña, a la tenue luz del atardecer, se les veía sus alineaciones, delgadas agujas que pugnaban por sobresalir allí, bajo el horizonte.

                                      Las casas están encajadas unas en otras
             
          Las casas construidas de tierra y piedra sin labrar, cubiertas con una tosca capa de argamasa. Los tejados están hechos con pesadas losas de piedra dispuestas horizontalmente y cubiertas con una gruesa capa de launa.
            Las casas están encajadas unas en otras y además, construidas sobre una vertiente, el efecto cuando se contemplan desde la lejanía es el una confusa aglomeración de cajas en ascensión hacia la cumbre de la montaña.

                             Sigo contemplando el lienzo que acabo de pintar
               
               Sigo en un estado soñoliento contemplando el lienzo que acabo de finiquitar, y son tantas y tantas las escenas que por mi mente van pasando, que quisiera en un momento plasmarlas en el blancor de la pantalla de mi ordenador.
              -¿Dónde quiere usted ir a parar, señor escritor?
                Posiblemente se estará haciendo esta pregunta el que está leyendo este relato.

                                      Un baile típico de Las Alpujarras
        
        Hoy quisiera salirme un poco del conocimiento que en general tienen los visitantes de Las Alpujarras, y penetrar en lo más profundo del corazón de estos lugares y de la forma de vida de sus habitantes, sin querer dañar en lo más mínimo su sensibilidad, que es totalmente sagrada.
           Seguramente un porcentaje bastante alto de mis lectores me dirá que sí, que han recorrido sus pueblos de la baja y alta Alpujarra, han asistido a la feria del vino en Albondón, donde a placer una fuente deja el líquido purpureo salir por el caño para poderlo tomar de una forma sosegada, sin que nadie cobre nada por su consumo; 

                                 Las mujeres se afanan en las tareas de la matanza

la multitudinaria matanza del cerdo, con los ritos que conlleva en el Barranco de Poqueira; se han tomado las doce uvas en pleno verano celebrando la entrada del año nuevo en Bérchules, en desagravio de aquel año que se fue la luz, y no pudieron ver y oír los sonidos procedentes de la Puerta del Sol en Madrid; 


las batallas “teatrales” entre moros y cristianos, en Valor; deleitarse contemplando el color rojizo carmesí del chorreón de Pórtugos, después de “hocicarse” bebiendo el agua de los diversos chorros, que te dejan un sabor a hematíes salidos de las entrañas de la roca o a hierro oxidado;  después de recorrer en coche o en autobús diversos pueblos, para finalmente en Trevelez, visitar un secadero de jamones y cumplimentar tanta belleza almacenada durante el recorrido, tomándose un suculento plato alpujarreño, 

                                         El plato alpujarreño

donde las papas fritas a lo pobre, pimientos, chorizo, morcilla, huevos fritos, regados con el oro del aceite, van a recrear tu paladar, si finalmente hemos asistido a un bis a bis de troveros en una de las tabernas que por allí hay, damos por bueno nuestro conocimiento de Las Alpujarras.


           Cuando este siglo XXI, en el que vivimos, con toda la gran cantidad de avatares y adelantos de la ciencia, de la tecnología en todos los campos, el poderse comunicar, a través de la ventajas que nos proporcionan las redes sociales, desde tu propia butaca con gentes que están en la otra parte del hemisferio, lo vemos tan fácil, sin haber recapacitado el mérito que esto implica.

                              ¿Dentro de cincuenta años volaremos?
     
         El ritmo de los descubrimientos científicos es tal, que me gustaría haber podido vivir dentro de cinco décadas más, para ver a que extremos han podido llegar los prodigios de la inventiva humana.
     Dejando al margen los conocimientos que tenemos de Las Alpujarras, vamos a percatarnos un poco más de las interioridades de este maravilloso rincón de Granada, donde el tiempo no ha hecho mella en la forma de vida y costumbres de los nativos, cuando aún la marea de la modernidad no ha penetrado en sus hábitos cotidianos.

                                              Una familia alpujarreña
     
      Hemos hecho acto de presencia de forma incorpórea en algunos de sus ritos y costumbres, desde las alturas una veces, y otras penetrando en sus hogares.
       El sonido de pitas, pitas, pitas, con el que encabezábamos este relato da lugar a la aparición en escena de la señora alpujarreña que las pronunciaba, echándole los granos de maíz, a las que tienen como corral, en plena libertad, la amplitud de la calle donde deambulan de un lugar para otro.


                                  Faenas cotidianas en Las Alpujarras
        
       Pañuelo cubriendo la cabeza, falda larga a los tobillos, delantal apretado a la cintura, sayas y refajo, con faltriquera encubierta, alpargatas con suela de cáñamo, piel curtida por el sol y el aire fresco que baja de las altas cumbres de Sierra Nevada, voz templada, relajada, de frases no muy extensas en la conversación pero de un gran contenido vivencial, vocabulario con algunas de sus palabras conservando sabor medieval, en una tierra donde crecen conjuntamente el sentido de la poesía y el sentido de la realidad, es el retrato que ahora mismo estoy contemplando de una alpujarreña realizando una faena cotidiana.

                                      La fuente lugar de cuchicheo
       
         Junto a la fuente estática, en guardia perenne, en el centro de la plaza del pueblo, unas cuantas mujeres, con amplia sonrisa, mensaje de bienvenida al forastero, faldas cumplidas y entalladas cuchilleaban.
      -¿Me habrían visto?, pensé en un momento. El peinado que observé en alguna, que se quitó el pañuelo que cubría su cabeza, podía resultar rústico o elegante, pero en todos los ojos había un brillo excitante y sus rostros, curtidos por el sol y el aire serrano, eran adorables.

                                            Tradiciones y costumbres
      
            Aunque no hay modo posible de medir la felicidad, estas gentes dotadas de la rapidez mental de los habitantes de la ciudad, sacan a la vida un considerable rendimiento.
     El escaso margen que tienen para desenvolverse, provocando cierta ansiedad en tiempos de sequía y mala cosecha, y aunque durante algunas estaciones debían de trabajar muchas horas, nadie cambia la aldea por la ciudad, a menos que algún infortunio familiar le obligue a hacerlo.

                                                    Felipe II
    
         Herederas de las viudas que quedaron en Las Alpujarras después de la rebelión de los Moriscos en tiempos de Felipe II, que fueron liberadas por el Marqués de Mondejar, cuando estaban recluidas en el castillo de Jubiles.

                                                  La rebelión de los Monfíes de La Alpujarras

                                           Íñigo López de Mendoza y Quiñones, marqués de  Mondejar
            
        Mi mente siguió caminando por aquel entramado de callejas, mientras el sol teñía el horizonte de colores insospechados, y la tupida oscuridad de la noche se dejaba caer sobre el poblado.



         Unos sonidos de guitarra nos aproximan a una vivienda donde una botella de anís y un paquete de picadura de tabaco es el reclamo para montar una fiesta.
        Los tañidos musicales van en aumento, una bandurria y una pareja de guitarras son el señuelo que comenzaba a flotar en el aire, empezaban a llegar las muchachas acompañadas de sus madres o hermanas casadas.

                                                   El cante "jondo"
      
         Los fandangos, las sevillanas y malagueñas, trascurrían una tras otra y en algún momento la afición de alguno brotaba como un chorro de agua que surge de la roca de un nacimiento, una voz penetrante, como un lamento de estupor o desesperación, que se mantenía flotando en el aire, una sucesión de borbotones y trinos hasta desaparecer gradualmente, en un débil gemido, era el canto hondo.

                                        El naciente sol se desperezaba
        
         En los albores del día, cuando el sol hacía brillar las hojas plateadas de los olivos, los pájaros ascendían y descendían como lanzaderas y el naciente se desperezaba quitándose el tupido velo del sueño, todos regresaban a sus casas, en la espera de otra jornada de fiesta.

                                      La chimenea centro íntimo de contacto familiar
       
           Queríamos conocer algo de las supersticiones que aquí se encuentran arraigadas, una de ellas, la existencia de las hechiceras.  

                                         Las hechiceras y sus hechizos

          Había que esperar para que todo ocurriera en una noche oscura cuando, todo se envuelve en una neblina que enmascara el paisaje, en una magia que raya en el sobresalto y en el pavor, para que se cumplieran los designios. había que salir del calor de la lumbre, donde se cuentan estas leyendas, y ponerse en contacto con la realidad.

                                  Todos los días el toque de Ánimas impresiona
             
         La calleja estaba en absoluto silencio, ningún sonido perturbaba el momento, solo se escuchaba el rastreo de nuestros pasos sobre el mal empedrado, en la lejanía la silueta apenas imperceptible de tres ancianas que tocaban una campanilla, junto con una ilegible oración, para perderse de nuevo por otra esquina, como un soplo de brisa fresca que pasa rápidamente, era el toque de ánimas.

                                                Ritos de brujería
        
        De pronto, una dulce música nos hizo detenernos, apareció volando la hechicera, en una mano llevaba un mortero signo inconfundible de la hechicería, la energía para volar se la daba el huso para hilar la lana, colocado sobre la cabeza con las faldas levantadas cubriéndolo, hacía que se pudiera elevar sobre los aires.

                                            Inicios en la hechicería
       
        Las muchachas que se iniciaban en la hechicería, tenían que darle a su novio una bebida que las convertía en burro, montando sobre él desnuda o mejor con las faldas sujetas alrededor de su cabeza y así cabalgaban apaciblemente por el aire durante toda la noche.
    Queríamos conocer más supersticiones, fue la patrona de la fonda donde nos alojemos los días que permanecimos, junto a los insondables lugares de nuestros recónditos pensamientos, la que junto a la candela de la chimenea, mirando fijamente al rojo intenso del fuego que devoraba los troncos de olivo, la que nos informó.

                                              Potingues utilizados en la hechicería
     
         - Pero bueno, vamos a ver, que nos aclaremos un poco, no has dicho que este paseo por las entrañas de las Alpujarras fue anímico, sin cuerpo, ahora resulta que, ¿estáis alojados en una fonda y habláis con la dueña? 
     -No me lo puedo creer.


     -Te explico: María era hechicera y tenía la facultad de comunicarse anímicamente con nosotros, utilizaba toda clase de pócimas para sus brujerías
      -Bueno, con este planteamiento, continuo leyendo tu relato.


         La mujer que tenía nueve hijos seguidos, el noveno gozaba de gracia especial.               Ésta se mostraba a partir de los seis años, y cuando el chico crecía se convertía no sólo en persona de grandes dotes, sino también en un ser afortunado. Tales personas ostentaban singulares poderes de curación. Nuestra patrona ella misma nos contó que cuando iba a destetar a su hija, una hinchazón en su pecho cortó la subida de la leche. Entonces acudió a uno de estos hijos novenos, a la sazón de doce años, y éste pasaba la mano por su pecho tres veces al día, durante tres días y se curó.
Todas las noches, María la patrona, al estilo de los cuentos de las “Mil y una noches”, nos contaba una nueva brujería.

                                           Echando el "mal de ojo"
        
         Ésta nueva creencia le afectaba a ella. Las personas, nos dijo, que llevan el nombre de María son afortunadas, se acude a ellas en caso de enfermedad, y también para quitar el mal de ojo.
No había terminado de decir la última palabra cuando la interrogué.
-¿Qué es eso del mal de ojo, María?
Es éste un riesgo al que están especialmente expuestos los niños hermosos. Cuando se mira a una de estas criaturas, pierden su gracia y comienzan a marchitarse.

                                        Niño poseído del "mal de ojo".
    
      -¿Cómo se cura? Pregunté con el ansia de saber el remedio.
     El remedio es que el padre tiene que salir antes del amanecer y recoger del campo una brazada de torvisco, se dice que tiene fama de pertenecer al diablo. El torvisco se envuelve en un paño, de modo que no reciba los rayos del sol, y una chica, que debe ser virgen y llamarse María, acuna en él a la criatura. La planta se ha colocado en un cesto de esparto donde se ha puesto al niño y lo levanta en el aire.

                            El torvisco, planta utilizada para quitar el "mal de ojo"
     
      Una vez hecho esto tres mujeres llamadas María, entran en la habitación donde descansa la criatura, sin que nadie las vea. Ponen el cesto, donde está el niño, y lo colocan en el suelo y llaman al sacerdote, para que rece una oración.  

                                                          El torvisco
     
      El ritual termina esparciendo el torvisco sobre la cama, si se seca la criatura se recuperará, pero si permanece húmedo, el niño se debilitará y morirá.
        Ésta es una de las supersticiones más extendidas no solo por Las Alpujarrajas sino por toda Andalucía.

                                       Los gallos proclamaban el alba
     
         Estábamos  tan enganchados en el tema de las supersticiones, que a pesar de que la velada se había extendido a altas horas, los leños de la chimenea se habían consumido y los primeros cantos de los gallos comenzaban a proclamar el alba, que no nos  hubiera importado nada que María siguiera escarbando en esas costumbres tan arraigadas, pero había que esperar a la noche siguiente.
    Nuevamente sentados ante el fuego, una morcilla caliente en la brasa y un buen trozo de pan en la mano, el paladar se nos hacía agua.
     -¿De qué van hoy las creencias ocultas, María?
    -Esta noche vamos a hablar de los robos.

                                                    Los duendes
      
        -Cuando algo se echaba en falta y se pensaba que había sido robado, se recurría a una especie de juego de mesa. Tres mujeres en posesión de gracia, tomaban un tamiz y lo sostenían horizontalmente entre ellas, mediante tres pares de tenazas de chimenea. Se le hacía girar al tamiz y se le formulaba la pregunta siguiente:
      -¿Lo cogió fulano de tal?


                                          Tamiz y tenazas
     
          Cuando se pronunciaba el nombre del ladrón si el tamiz se detenía, este había sido el ladrón, de lo contrario había que seguir girando y pronunciando otros nombres.

                                                               El martinico
    
       La noche siguiente, María estaba sofocada, el duende le había escondido el billete de la Alsina para ir a Granada y no lo encontraba, este duende se le llama en el Albayzín, martinico, cuando era niño lo escuchaba con frecuencia en el barrio.
       El duende doméstico se entromete en las cosas de la casa, escondiéndolas o haciéndolas aparecer. Finalmente si la broma del duende se hace pesada, se recurre a 


“san cucufato”, hay que hacer un nudo al primer trapo que tengamos a mano, bien sea el vestido o un pañuelo, y hacerle un nudo pronunciando la frase siguiente: “san cucufato”, si lo que busco no aparece, los cojones te los ato. Aunque parece una desvergüenza, alguno de los términos empleados en la elocución, es imprescindible decirla tal cual, insistió María.
      -Dicho y hecho, recitó  ceremoniosamente la expresión indicada, y ante la sorpresa de los presentes, el billete del viaje apareció.

                                                Una mano me tocó en el hombro....
     
         Cuando María, a la noche siguiente, quiso contarnos el fetichismo de las almas en pena que aparecen convertidas en perros que vagabundean hasta poder revelar a alguien lo que les inquieta, una mano me tocó en el hombro, me desperté del
éxtasis en el que había caído contemplando mi último óleo.
                               
                                         José Medina Villalba