sábado, 16 de septiembre de 2017

TRAER EL PASADO AL PRESENTE


Siempre se ha dicho que los sucesos del pasado, sobre todo los de la época de nuestra infancia, se recuerdan con más clarividencia que los que después, durante muchos años, se han ido sucediendo a lo largo de la vida, la razón es muy sencilla, nuestra mente es como una tabla de cera inmaculada, una tabla virgen, donde no hay todavía nada impreso en nuestro primer caminar por la vida, graba a la perfección todos los primeros acontecimientos en nuestros primeros pasos, para recordar después con una clarividencia absoluta.

                                                         José Medina Villalba

Hoy se me ha ocurrido algo extraño, he querido viajar al pasado, a ese pasado que jamás volverá pero que está grabado en la tabla de cera virgen de mi mente, bloqueada hoy día, por la cantidad de nuevas imágenes y sucesos que a través de los años han hecho, como se dice vulgarmente, se encuentre “veteada”.


 Le haría falta una limpieza general lo que en el argot informático se dice, formatear, o “liberar espacio en disco”, el problema está en que no se ha doctorado aún ningún informático que sea capaz de hacer una limpieza general de nuestro cerebro, hoy día hablando en términos coloquiales, en el disco duro de ese magnífico ordenador donde los cables y circuitos eléctricos estas formados por neuronas y sustancia gris de nuestro cerebro, 


el mejor ordenador del mundo donde la Naturaleza se recreó para hacer lo más perfecto que se ha podido crear, aunque a veces las conexiones, el entramado complejo de estos empalmes salga defectuoso.


Este es un tema muy complejo reservado a los neurólogos y no a un escritor que lo suyo va por otro lado.
Con las alas de nuestra imaginación, querido lector, para ti, que viviste la década de los cuarenta e incluso de los cincuenta del pasado siglo, y para los que habéis venido al mundo mucho después, 

quiero sacar de la tumba sucesos que nos harán vivir el pasado, nos volverán a nuestra infancia y juventud, y para los que sois de esta última generación haceros vivir un pasado, con sus penurias y dificultades, pero que ahora se recuerdan con agrado.  

                                              Federico García Lorca

Por aquellos entonces, Granada era una ciudad pequeña encerrada en sí misma, ya lo dijo nuestro gran poeta García Lorca, muy clasista, entrañable, pero provinciana, había una serie de tipos que hoy nos parecerían raros pero que eran algo consustancial en aquella sociedad y en aquellos tiempos.

                                            Brasero de picón y orujo

Tiempos en los que las casas no tenían más  calefacción que unos braseros de picón de orujo bajo la falda de la mesa camilla, en el mejor de los casos. Una Granada en la que el agua potable era solamente una esperanza que tardaría bastantes años en hacerse realidad.


Hoy, en los tiempos en los que nos encontramos, haciendo uso a la libertad de expresión y el derecho a la huelga que todo trabajador tiene, cosa que en aquellos años no solo no existía, sino que incluso a ningún honrado, o menos pundonoroso asalariado se le hubiera pasado por su caletre, pensar en levantar un poco la voz, en defensa de sus derechos, hubiese sido fulminado.


Alguien, no me atrevo a decir quien, bien en algún relato realizado en cualquiera de los pasajes que en las crónicas periodísticas se suelen hacer, en su visita al lugar sagrado llamado dormitorio, (cementerio) donde duermen todos estos tipos del pasado, dejó abandonado, quizás intencionadamente uno de los journales locales, una crónica extensa hablando del derecho a la huelga y los derechos de los trabajadores.


-¡Uy!, ¡uy!,¡uy!, amigo escritor, que esto va de miedo y a mí me entra un ¡yuyu,! que no me aguanto.
-No te preocupes, pronto nos saldremos de este recinto y no tienes que tener miedo, porque lo que vamos a hacer, es darle la posibilidad a los que se quedaron con las ganas de poder realizar y participar en uno de sus derechos reivindicativos, para defender su estabilidad profesional.


Aquella noche, el cielo de Granada se oscureció, unos nubarrones vestidos con una extrema tenebrosidad amenazaban la parte alta de la ciudad, las luces que a un lado y otro del paseo central del cementerio, iluminan el camino que conduce al jardín de los aromas, se habían debilitado, solo se escuchaban  los pasos silenciosos de un grupo de gentes, 

                                                Un grupo de gentes carentes de cuerpo físico

carentes de cuerpo físico, que se habían reunido para escuchar las noticias de uno de los que todas las noches, le gusta pasear en el silencio más tranquilo y respetuoso se detecta por estos lares, y que había leído el derecho a la huelga en el periódico abandonado en uno de los bancos del paseo central.
-Mire, señor escritor a mí no me venga, con temas tenebrosos que bastante tenemos ya con los sucesos que estamos viviendo hoy día.

                                         Plaza de Bib- Rambla principios del siglo XX

De pronto el cielo se iluminó un estallido crujió en el cielo, que hizo temblar el suelo y comenzó a llover con tal intensidad que los allí reunidos decidieron bajar rápidamente a la ciudad, para en la Plaza de Bi-Rambla escuchar la arenga que pronto les soltaría el que se había empapado bien de agua y conocimientos, de lo que era el derecho a la huelga y que ellos no tuvieron.
-Bueno voy a seguir leyendo porque parece que esto está tomando otro cariz.
Cada uno de los trabajadores, bueno quiero decir de los espíritus, portaba sus herramientas de trabajo e incluso sus razones por las que se quería unir a manifestarse e ir a la huelga.

                                            Arco de las Orejas en Plaza Bib-Rambla

Me había cobijado bajo el Arco de las Orejas, evitando de esta manera la lluvia, para una vez escampado, cual no fue mi asombro al ver deambulando por el aire de la plaza los instrumentos de trabajo de cada uno de los allí reunidos, cuyos cuerpos no era posible ver.
-¡Claro!, señor redactor, ¿no nos está diciendo que los reunidos eran espíritus?
Pero si pude escuchar lo que allí se decía.

                                                 Habla el espíritu del protagonista

     -Es normal, las palabras no tienen cuerpo, no es material real por lo tanto no es de extrañar que las pudieras percibir.
     Las herramientas de trabajo flotaban el aire, me fui acercando y comprobé una por una todas ellas.

  
     Una garrafa metálica, era la herramienta del aguador; un taladro primitivo era la del lañaor; una enorme cesta, la de las recoveras; una colchoneta desvencijada, con sus muelles flojos, era la del atirantador; unas palustras, metidas en cubos metálicos, entonces no se había inventado comercialmente los cubos de plástico, eran las del limpiatinajas; unas cañas largas eran las herramientas del cañero; 

                                                           Taladro del lañaor

un hornillo de carbón de encina y un soldador de cobre eran las del hojalatero, un cajón vestido con muchos retratos era la del fotógrafo; un bella ruleta oliendo a canela, era la del barquillero; 

                                                            La ruleta del barquillero

una cesta de mimbre, repleta del fruto de las encinas, era la del tío de las bellotas; un carrito con una sola rueda, era la del afilador; unas varillas metálicas y unos pocos puños de paraguas viejos, eran las del sombrillero; una enorme carpeta a modo de archivador, era la del semanero; la imagen de una Virgen metida en una urna, era la de la santera; 

                                                        El carrito del afilador

el capítulo de una novelón, era la del novelero; una gavilla de anea, era la del sillero; una pica larga hueca llena de gas, la del farolero.
     Estoy inquieto, estimado escritor, y quiero saber qué hacía cada uno de estos señores que hoy buscan sus derechos,  seguro que no los van a encontrar, porque todo caduca, todo prescribe en esta vida y más los derechos de estos trabajadores, que ya ni están ni son necesarios en la sociedad de hoy.

                                               Vendedor ambulante, supermercado en plena calle

     Está bien, amigo lector, pero creo que no importa que traiga los oficios y trabajos de otras épocas, no muy lejanas al presente, con el objeto de que los conozcas sino perteneces a aquella generación y para regodeo de los que tuvieron la oportunidad de vivirla, y sobre todo para que en el espacio de medio siglo, 

                                                      Vendedor ceramista ambulante 

podamos ver la evolución que ha tomado la sociedad, en todos los aspectos, sobre todo en los sistemas de trabajo y nuevos oficios, algunos de ellos tal como han nacido desparecieron por los medios modernos que van surgiendo, sobre todo la informática, y el proceso acuciante de investigación.

                                                           Plaza de Bib-Rambla

     Hay un revuelo de gentes en Plaza Bib-Rambla, todo el mundo está atónito al observar tantos objetos flotantes, sin encontrarle explicación, los  municipales acuden para poner orden, e incluso se oye el sonido de las sirenas del equipo de bomberos, y de algunas ambulancias que desembocan en este inmenso zoco, porque Bib-Rambla siempre lo fue y lo sigue siendo, lugar de tertulias, de vendedores ambulantes, de charlatanes, de titiriteros,



 de aberraciones imperdonables, como la quema de la cultura árabe por orden del Cardenal Cisneros, de rapaces y ladronzuelos de poca monta, de trileros, de torneos, de casetas vestidas a la usanza medieval con personajes de la época, 


                                             Un patíbulo público de los varios que hubo en tiempos pasados

de orejas colgadas como castigo mínimo de los hurtadores de lo ajeno, de patíbulos, y de un público enloquecido asistiendo a las aberraciones de la pena de muerte, de corridas de toros…..


                                                               Plaza de Bib-Rambla

     -No le parece que ya está bien la presentación de la tan famosa plaza, ¿por qué no empieza ya de una puñetera vez,  (perdón querido lector por la palabreja) y nos cuenta  todo lo de los personajes anteriormente presentados?
     -Sí, mi querido lector, pero antes vas a escuchar a un pregonero recitando un romance morisco dedicado a esta plaza, con motivo de una corrida de toros.
Estando toda la corte
de Abdali rey de Granada
haciendo una rica fiesta.
Habiendo hecho la zambra
por respeto a unas bodas
de gran nombrarla y fama,
por las cuales corren toros
en la plaza Bibarrambla;



estando corriendo un toro.
Que su braveza espantaba,
se presentó un "caballero
sobre un caballo en la plaza,
con una marlota verde,
de damasco bandeada,
y el capellar de lo mismo
muestra color de esperanza,
plumas verde" y el bonete
parece de una esmeralda;




seis criados van con él.
Que le sirven y acompañan,
vestidos también de verde
porque su señor lo manda,
como aquel que en sus amores
esperanza lleva larga.
Un rejón fuerte y agudo
cada criado llevaba;
de color negro eran todos,
y bandeados de plata.



Conocen al caballero
por su presencia bizarra,
que era el muy noble Gazul
caballero de gran fama.
El cual con gentil donaire
se puso en medio la plaza 
con un rejón en la mano
que el gran Marte semejaba.
Y con ánimo invencible
el fuerte toro aguardaba.



El toro cuando le vio
al cielo tierra arrojaba
con las manos y los pies.
Cosa que gran temor daba;
y después con gran furor
hacía al caballero arrancaba. 
Por herirle con sus cuernos
que como alesnas llevaba;
más el valiente Gazul.
Su caballo bien guardaba. 



Porque con el rejón duro
con presteza no pensada
al bravo toro acomete
por entre espalda y espalda.
El toro muy mal herido
con sangre la tierra baña.
quedando en ella tendido
su braveza aniquilada.



La corte toda se asombra
al mirar aquella hazaña.
Y dicen que el caballero
es de fuerza aventajada;
el cual corridos los toros
el coso desembaraza
haciendo mesura al rey.
Y a Lindaraja su dama;
hizo lo mismo a la Reina
y a las demás que allí estaban
(Bruno Alcaraz Masáts)



     La voz corrió por toda Granada y sus alrededores y tal fue la afluencia de público, que no cabía ni un alfiler.
-¡“Granaino” y “albaicinero” tenías que ser para ser exagerado!
    Por el aire comenzaron a flotar primero fuerte, para que el público se callara, y después lentamente, el  siguiente pregón:
¡Niñas el agua,
qué fresquita baja
como la nieve,
el agua.
El agua del Avellano!
¡Niñas el agua!  


                                                              La Fuente del Avellano

     La garrafa se puso en primera posición, y comenzó a echar el líquido elemento en vasos de transparente cristal, mientras se arremolinaba la gente para consumirla. “Los guindillas”, sí, amigo, los guardias municipales, tuvieron que intervenir para poner orden, el calor era sofocante, un sol de justicia caía y el deseo por beber era desesperante.


                                                          Monumento dedicado al aguador

     El pregón resonaba por las calles desiertas a la hora sagrada de la siesta, ya Ganivet, en su libro, Granada la bella, habla del agua de Granada y de los aguadores, con una curiosa defensa de estos.
-¡El agua del Avellano! 

                                                               Fuente de Aynadamar

     Claro, que frecuentemente era agua de la fuente más próxima. Agua de la Fuente de las Lágrimas, Aynadamar, del Carmen de la Fuente, de la Fuente de la Bicha, o incluso de la Alhambra. A pesar de todo yo soy testigo de ver aguadores en el Avellano, ver los carros cubas salir del Carmen de la Fuente y del Juego Bolas.


                                                         Un aguador cumpliendo con su oficio
     
     Los aguadores del pregón, los de a pie, los que ofrecían su mercancía, llevaban el agua en una garrafa, terminaba en un cuello largo y estrecho por el que vertían el líquido en unos vasos que llevaban en una especie de rejilla de mimbre.
     Las garrafas solían estar cubiertas por una pleita de esparto y adornadas con unas ramitas verdes normalmente de las avellaneras, para darle una sensación de frescura y olor.
                                                         El aguador en el aljibe de Trillo

     Pedirle al aguador un vaso de agua, cuando la sed te tenía hecho prisionero, era todo una liturgia, cogía uno de los vasos que portaba en la canastilla prendida en la cintura,  inclinaba el largo cuello de la garrafa sobre el vaso, le dejaba caer un buen golpe de agua, y con la energía de sus manos las agitaba acompañándolas de unas hojas de parra o de avellanera que hacían como de estropajo, dejando el cristal tan reluciente como los espejos del mejor crisol.



     Otros aguadores llevaban el agua en cuatro garrafas a lomos de un borrico, pero para su venta en las casas la llevaban en carros-cuba , tirados por un mulo, para llenar unas botijas o cántaros, 


                                                                 Cantarera

que aún se pueden ver colocados en unas aguaderas o cantareras como adorno en algunas cocinas sobre todo en los pueblos.
     En un viaje que realicé por el norte de Marruecos, en la plaza de Yamaad el Fna en Fez pude ver a los aguadores llevando el agua en odres de piel de cabra sin curtir.


                                                                Aguador en Marruecos

     La garrafa del aguador se fue difuminando, una vez hecha toda su larga charla sobre el trabajo que realiza, hasta desaparecer.

                                                                    Taladro primitivo

     Escucho el ruido característico de un taladro elemental accionado por la mano del lañaor, es un taladro primitivo llamado taladro de arco, consistente en un vástago de madera vertical sobre el que se enrolla la cuerda de un arco, también de madera, que queda colocado perpendicularmente al vástago, es decir, en posición horizontal. 



     La broca se inserta en el extremo final del palo vertical. Moviendo el arco de atrás hacia delante, el vástago de madera va girando rotativamente, en ambas direcciones, produciendo la perforación.
     Lo vi accionado, por un chico, con los dedos del pie, en una de las Medinas de Marrakech.
     En el aire queda el pregón. ¡Se lañan lebrillos, niñas, el lañaor! Este era el pregón de otro tipo curioso que arreglaba las fuentes, platos y lebrillos de barro o de cerámica.       Famosa es la cerámica bella y frágil del alfar moruno de Fajalauza en el Albayzín.
Un lebrillo o una fuente rota no era cosa de tirarlo, la solución era lañarlo.



     -¿Qué te extraña, amigo lector? La economía de aquella época lo exigía, hoy se conservan en algunas casas lebrillos lañaos como una gran reliquia, y que cuestan un buen dinero en los anticuarios.
     El lañaor disponía de ese taladro manual muy primitivo, pero eficaz,  que hemos descrito; una especie de grapas de alambre: las lañas, con las que se “cosían” ambos lados de la fractura; y su habilidad, pues había que ser muy hábil para llevar a cabo su trabajo.


     El taladro, que deambulaba por el espacio de Bib-Rambla, una vez dejado en el aire el pregón de su dueño, se fue desvaneciendo ante el estupor de una plaza completamente abarrotada de curiosos, que no daban crédito a lo que estaban viendo.
     Le toca el turno a la gran cesta de las recoveras.



      La pobreza de nuestros pueblos hacía que el dinero escaseara, así que tenían lugar muchas operaciones de trueque: unas medias por un pollo, huevos- que nunca sabían a pescado- por pan, aquellas hogazas que se guardaban en orzas y duraban hasta la próxima hornada.




     Las recoveras eran unas mujeres que recorrían los pueblos recogiendo pollos y huevos de estas operaciones de trueque y que luego traían de sus pueblos a la capital para venderlos.


                                                           El tranvía de la Zubia

     Venían principalmente en los tranvías de la Zubia, Pinos Puente, o aún más lejos, de Padul o Dúrcal, o bien del Valle de Lecrín. De Granada se llevaban desde hilos hasta mantas, que compraban en las tiendas de la ciudad con el dinero que sacaban de la venta, de casa en casa, de los pollos y, fundamentalmente, de los huevos que llevaban en grandes cestas.


                                                        Plaza de San Cristóbal

     Conocí personalmente a una de estas señoras que se buscaban la vida de esta manera, vivía en el Albayzín en la Plaza de San Cristóbal, era amigo de sus hijos: Victoriano, Ramón y Arturo, y en más de una ocasión pude comprobar con mis propios ojos como en la casa había pollos, huevos, salchichas, morcillas, salchichones…, que se entremezclaban con mantas, sábanas, ovillos de lana y otros menesteres producto de las operaciones de canje.
     Todo esto era normal en aquellos tiempos, y no digamos del famoso estraperlo del que hablaremos otro día.


                                                                El estraperlo
                                                               Museo del estraperlo

     -¡Estraperlo! ¡Estraperlo!, si querido lector, pero no nos salgamos de Bib-Rambla a ver qué nuevo instrumento nos da su pregón.


                                                              Una colchoneta

     ¡Se atiraaaaantaaaaan, se arrecooooortaaaan, se echas piezas nuevas a las coooolchonetaaaaas. Las colchonetas o somier de hilo metálico enrollado en espiral formando una especie de tela metálica daban de sí, originando una deformación más o menos pronunciada, sobre todo en el centro. Esto hacía que no se pudiera dormir, una cosa parecida,  como cuando se te clavan los muelles de los famosos colchones tan en boga hoy día.
     La solución, el “atirantaor”, que por lo menos intentaba, más con buena voluntad que con eficacia, quitar la deformación.



     La colchoneta ya arreglada, hechó su pregón y dada la explicación del por qué de su existencia, dando un giro de noventa grados como queriendo hacer una pirueta en el aire, a modo de regalo para el numeroso público la vimos desaparecer, por la alta torre decapitada de la Catedral.


                                                              Los ricos churros

     El olorcillo al rico chocolate y la fragancia del aceite, en gran sartén, donde se va enroscando la blanca masa, a modo de una deliciosa rueda, girando en espiral, salida de un aparato manipulado por una enorme rueda para irse dorando el deleitante churro, es el reclamo para que algunos se acerquen a degustar uno de estos ricos acompañantes inseparables del chocolate. 



     -Mire señor escritor, ya estoy cansada de estar tanto tiempo de pie y por lo que veo esto va para rato, así es que acompañando a otros que se están tomando el chocolate  me retiro a hacer lo mismo.
     ¡Se limpian las tinajaaaaas!

                                                             Una tinaja

     Cuando en Granada se hacen excavaciones para cimientos de nuevas casas, suelen aparecer unas tinajas de barro cocido, de gran tamaño y belleza de diseño, que eran los depósitos de agua que tenían las casas antiguas de la ciudad.
     A estas tinajas llegaba el agua de las acequias árabes, como la de Aynadamar, por unas canalizaciones, también de barro cocido; este agua era para usos domésticos, no potable, y solía llevar un limo finísimo, de color grisáceo, que iba depositándose, poco a poco, en el fondo de las tinajas. 


                                                       El limpiatinajas haciendo su trabajo    
      Este depósito de barro llegaba a llenar casi completamente la tinaja, por lo que era preciso sacarlo, operación que era efectuada por el limpiatinajas.
    Igualmente que hicieron los otros instrumentos, nuestro cubo con sus palustras respectivas, hizo mutis por el foro y desapareció.
     -¡Se desatrancan las cañerías!



     Largas cañas ocupan la posición, en la que cada instrumento ha ido dando su pregón.
      Corresponde este instrumento al cañero.
     Por aquella época el agua llegaba a las casas por unas cañerías que, con el tiempo, se llenaban del barro que arrastraba el agua, obturándose completamente.


                                                      Un atanor. (Cañería antigua de barro)

     Entonces era la hora de llamar al cañero, nombre que no sé si era por las cañerías que desatrancaba o por las cañas que llevaban como herramientas de trabajo. Estas cañas se podían atornillar unas a otras por sus extremos consiguiendo que tuviesen una gran longitud, la suficiente para, a través del cauchil, desatrancar la cañería.


                                                                      Cauchil
     ¡Se le echan culos a las ollas!
Este era el pregón del hojalatero.
     Las cacerolas y las ollas eran de porcelana, es decir, de hierro esmaltado. Cuando este material sufría un golpe se descascarillaba dejando el hierro al descubierto, lo que originaba su oxidación y posterior rotura.


                                                              El hojalatero

     Aquí entraba el hojalatero que, mediante un soldador de cabeza de cobre calentado en un hornillo de carbón de encina, soldaba con estaño el orificio.
     El taller era la calle y las herramientas mínimas: el soldador, el hornillo, un martillo, una lima, un pequeño yunque, que clavaba en el suelo, y como siempre, la buena voluntad del “maestro”. Siempre se veía rodeado de chiquillos que absortos observaban la maestría con la que soldaba los culos, o como de una lata de leche condensada te hacía un jarrillo, para tomarte el café de pucherete, o la leche de la vaquería más próxima a tu casa.
     ¿Qué es eso del café de pucherete, señor redactor?
                                                                   El café de pucherete

     -En otra ocasión le dedicaremos un archivo a los alimentos de aquella época.
    -Sí, será mejor, déjalo que siga con los pregones, porque de lo contrario vamos a montar un galimatías exagerado.
     Hasta no hace mucho lo hemos visto por aquí, por esta plaza con su máquina de retratar, su pantalla con el fondo de la Alhambra, o un hermoso y grande caballo de cartón, para los chicos, para llevarse el recuerdo de una fotografía al estilo antiguo.


                                                          El fotógrafo de Bib- Rambla

     -Oiga que yo frecuento bastante esta Plaza de Bib-Rambla, tengo algunos años encima y no me he encontrado nunca a este señor que usted dice, que hasta hace poco ha estado por ahí.
     -Perdona querido lector que vas siguiendo este recital escrito, pero lo que ocurre, y eso te irás dando cuenta conforme vayas almacenando años, que el tiempo corre a velocidades, yo diría "superiores a la luz", y lo que crees que pasó ayer, por poner una fecha cercana, hace años que ocurrió.
     Nuestro amigo el fotógrafo estaba situado en la esquina de Bib-Rambla cercana al Zacatín.


                                                        El fotógrafo de Plaza Bibarrambla

     Se vestía con una bata azul, seguramente para disimular las manchas de los productos que utilizaba. El aparato fotográfico era un simple cajón de madera, en una de cuyas caras más pequeñas tenía un objetivo, sin obturador, ya que éste era sustituidos por el tapón de la lente. La foto se obtenía destapando y tapando, sucesivamente, el objetivo.
     En el lado opuesto había una manga de tela negra, que servía al mismo tiempo para enfocar y proteger de la luz la foto, ya  que la caja era, a la vez, cámara oscura y laboratorio. 



     Dos pequeños depósitos, situados debajo del cajón contenían el fijador y el agua de lavado respectivamente. El revelador se encontraba dentro del cajón. Todo esto colocado sobre un trípode de madera. En los laterales, el aparato estaba decorado con fotos de clientes, la mayoría correspondían a soldados, que solían hacérsela cuando venían a hacer la “mili”, para enviársela a la novia, o a la chica del pueblo que vestida de negro con un elegante delantal blanco, con ribetes de encajes, hacía de niñera, paseando el carrito del bebé de los señores en cuya casa prestaba servicio.


                                                                      La niñera

     El negativo era sobre papel, que a su vez era fotografiado para obtener el positivo. Todo en unos minutos y a la vista del público.
     -¿Quieres hacerte una fotografía? ¿Teniendo como fondo la Alhambra, o te quieres subir en el caballo de cartón?
     El tiempo de espera, era lento, pero no se hacía pesado porque tenía cierta emoción, colocarte delante de la pantalla, mientras el fotógrafo te anima para que eches una sonrisita, mientras destapa el objetivo varias veces. Después ver como mete la cabeza en el manguito negro para obtener el negativo, lo coloca en una pantallita que tiene en la parte delantera lo vuelve a fotografiar para obtener el positivo.



     -Oiga, señor fotógrafo, se oye decir a uno de los clientes, al ver el negativo, ¡que ese no soy yo! El fotógrafo lo tranquiliza.
     -Amigo, paciencia que esto todavía no se ha terminado. 
    Lo pasa por el lavado de los cubitos que penden del trípode, para colocarlo en la misma pantalla para el secado mientras va poco a poco, apareciendo la figura real del que ha sido retratado.
    Emoción por el retratado y por todos los curiosos que se han arremolinado alrededor para ver el proceso.



-Dos pesetas, por cuatro fotos.
¿Serías capaz hoy, querido lector, si estuviera allí nuestro fotógrafo, tu que portas un móvil de catorce megapíxeles y una resolución de no sé cuántas megas, de hacerte una foto? 
El cajón fotográfico que flotaba en el aire se esfumó por arte de birlibirloque.

¡Niños, el barquillero! ¡Barquillos de canela! ¡Cinco por una perrilla!


-¡Mucho cuidado, señor redactor con lo que escribe!, que los animales no se venden ni se cambian, jamás cambiaría a mi querida perrilla por unos barquillos de canela.
- Lea e interprete bien, no he dicho perrita.

                                                 La perrilla, equivalía a cinco céntimos

     -La perrilla, tenía el valor de cinco céntimos, era la mitad de la perra gorda, la décima parte de una peseta.
     Ha llegado el barquillero. Generalmente era un hombre de cierta edad, con aspecto de abuelo, cariñoso con los críos sus mejores clientes y comunicativo con los adultos.



     Llevaba los barquillos, unos pequeños tubitos con un fuerte sabor y olor a canela, en un cilindro metálico de aproximadamente unos 80 cm. de altura  y 40 de diámetro, decorado con bellos motivos sobre fondo rojo.
     La tapa tenía una ruleta, de modo que con toda la emoción del mundo tú la hacías girar, la lengüeta, al ir lamiendo los resortes metálicos verticales separados a corta distancia, iban dejando un sonido característico que, desde lejos percibías, era el reclamo para acercarse y jugar.



     Podías llevarte hasta diez barquillos por una “perra chica”.
    -No vayamos, lector, a entrar en la discusión de los animales, perra chica, te lo recuerdo eran cinco céntimos.
    Podías jugar al doble o nada, o también a la mayor, claro que el “viejo” no era tonto, no se dejaba normalmente perder, porque tenía un pulso que siempre ganaba.
     El pregón del barquillero revolucionaba. Se solía poner en un lugar la mar de  estratégico: la puerta del colegio.



     Los domingos y días festivos, o las tardes primaverales, escogía la Plaza de Bib- Rambla o la de Gracia, nunca lo vi por Plaza Nueva, pero sí cuando los domingos iba al Paseo del Salón, acompañado por mi padre, a escuchar los pasodobles, o “Agua, azucarillos y aguardiente”, “La verbena de la Paloma”…,se colocaba junto al kiosco de la música, donde la Banda Municipal tocaba, impregnando el ambiente de notas musicales que enervaban el espíritu, acompañado por el sonido característico de la ruleta y el rico olor y sabor de los barquillos.


                                             De la zarzuela, "Agua, azucarillos y aguardiente

     -Oiga, ¿la ruleta no se ha marchado?
    -No sea impaciente, por favor, está esperando que entre el siguiente pregón y enseguida tomará su camino y desaparecerá.
    -¡Bellotaaaaaas dulceeeeees como almendraaaaas, cortaaaaan la diarreaaaaa, suaveeee, delicadaaaaa y amorosamenteeeeeee, como con la manooooo, ¡niñas, ha llegado el tío de las bellotas!


                                                           Bellotas dulces

     Nuestro pregonero aparecía llevando una cesta repleta de estupendas bellotas, que vendía llenando un cubilete, que ponía con colmo por una perra gorda, era una moneda de cobre, que también usábamos para clavarla en la caña dulce, “cañadú” comúnmente así llamada, la que se obtenía en la Zafra de Motril, era una diversión, muy utilizada por los jóvenes en las placetas albayzineras.  
     -¡No me vayas ahora a explicar ese juego!
    -Tranquilo, eso lo haré otro día.


                                              Cortan la diarrea como con la mano
     
     Era verdad que las bellotas que vendía eran dulces, pero lo mismo que aparecía  con su pregón, como un fantasma desparecía igual que había venido, ¡hasta el próximo año, en el que volvía con su pregón. ¡Niñas, ha llegado el tío de las bellotas, dulces como almendras! ¡Cortan la diarrea, suave, delicada y amorosamente, como con la mano!
     Yo más de una vez, siendo un niño, me pregunté: ¿De dónde vendría este hombre, que aparecía una sola vez y volvía como un fantasma a desaparecer?


     Una melodía especial entra en escena, es una armonía acorde, cadente, subía y bajaba, parecía que venía impregnada con cierta “saudade”, es decir con un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía, los superticiosos, al escucharla, se tapaban los oídos, porque decían que traía, “mal ramo”, “mal fario”, mal vaío”.



     -Lo que le gusta a este escritor, complicar las cosas, diga simplemente: mala suerte, y todos tan contentos y enterados.


                                                    El supersticioso

     Todavía no hace mucho sentí esta dulce melodía, por un aventurero que se había modernizado llevaba una moto, y en ella toda la adaptación para realizar el oficio de siempre, parece que la crisis ha hecho que vuelva a resucitar un oficio callejero, con su agradable reclamo sinfónico.


                                                        Un moderno afilaor

     Dicen que todos los afiladores venían de Galicia, llevaban una especie de carrito con una sola rueda. Ésta, al mismo tiempo le servía para trasladarse, era la rueda motriz que movía, mediante una correa sin fin, la muela de afilar. El motor era el pie del afilador, que, mediante un pedal y una biela, hacía girar la piedra a la velocidad conveniente para dar el filo necesario a los cuchillos y tijeras. Este filo terminaba de asentarlo mediante unos toques maestros con la piedra negra que siempre los acompañaba.


                                                            El afilaor
     No pregonaban, mejor dicho, no gritaban; su pregón era una melodía característica que arrancaba de una especie de quena metálica.
     Nuestra flauta mágica del afilador desapareció del escenario, y un aplauso arrancó a todos los asistentes que vieron cómo se deslizaba hacia la Plaza de las Pasiegas, donde se encuentran las mejores cuchillerías y talleres de afilar.

                                            Las cuchillerías de la Plaza de las Pasiegas

     -¿Será quizás para que la guarden allí como una reliquia del pasado, que ha hecho amagos por volver?
     -¿Quién va a entrar ahora al escenario, señor redactor?
     ¡Se arreglan las sombrillas! ¡El sombrillerooooo!

El sombrillero
     
     No era fácil  ver a este personaje, aparece y desaparece, va y viene, nunca le oí pregonar ¡el paragüero!, Parece que lo único que teníamos que evitar era era el sol con la sombrilla, y no la lluvia con el paraguas.
     Llevaba a la espalda una gavilla de varillas metálicas y unos pocos puños de paraguas viejos. Con estos elementos y con unos alicates, a las tres de la tarde se atrevía a arreglar hasta aviones en vuelo. ¡Lo que hacía el hambre!


      En la calle Reyes Católicos en la acera que hay frente a la Calle La Colcha, había una librería llamada “Casa Caso”, allí compraba mis recortables de todo tipo, sobre todo los que se referían a las diversas vestimentas de los militares en distintas épocas.



     En el lateral había unas escaleras de pocos escalones, al descender te encontrabas, con una librería de las llamadas de viejo, y un portal donde se arreglaban toda clase de sombrillas. Manuel de Falla, descansaba en este lugar esperando el tranvía que conducía por el Realejo hasta llegar al Caidero para coger el tranvía de la cremallera, que lo llevaría a la Antequeruela donde tenía el Carmen.


                                                   El tranvía de la cremallera

    Se esfumaron los arreos del sombrillero y apareció en escena “El Semanero”.
     En el Albayzín y sus alrededores estaba el semanero, era un señor bajito, regordete, siempre portaba bajo el brazo una enorme carpeta a modo de archivador donde llevaba registrado la ficha de  sus clientes, por no decir el nombre de todas las mujeres de Albayzín que echaban mano de él para sus compras a plazos; no recuerdo el nombre, sí el de su mujer, Trini, que en la Calle del Agua tenía una tienda de quincalla.


     El semanero era el antecedente de las ventas a plazos de los grandes almacenes de hoy, el semanero daba géneros a semanería. El cliente retiraba los géneros de las tiendas mediante un vale que le entregaba el semanero ,(tejidos, vestidos, cacerolas, aparatos de radio, planchas, etc.). Géneros que después irían pagando semana a semana, de ahí también el nombre, es decir, “en cómodos plazos”.


                                                    El semanero y su clientela

     Escuchar en el patio de las casas de vecinos la llegada del semanero, del tío de los muertos…, y otras compras a plazos era lo más común en el día a día.
    -Oiga, ¿qué es eso del tío de los muertos?
   Pues, muy señor mío, ir pagando por anticipado y a plazos casi desde que nacías, porque el recibo era más barato, tu viaje al otro barrio, o dicho de otra manera tu propio entierro.



     Nadie quería ir en la llamada ¡Caja de las Ánimas!, que era la vestimenta común, y única, que servía para los que no podían cumplir económicamente con este viaje al otro mundo.
    -Siga, siga, y no se detenga en estos menesteres que a mí, lector, no me interesan para nada.  
     El comerciante cobraba al semanero un precio sensiblemente menor que el que éste percibía del cliente. El prestamista llevaba una libreta, en la que en cada página figuraba el nombre de un cliente y la cuantía de su entrega semanal, hasta terminar de pagar la deuda. 



     Un antecedente directo de las letras de la nevera, de la lavadora o del “seiscientos”. Aquí no había letras firmadas, (muchos de los clientes, generalmente mujeres, no sabían firmar desgraciadamente). Solo había el conocimiento personal, frecuentemente de vecindad y confianza mutua. Si no le pagabas al semanero, ¿cómo ibas a poder comprarle los zapatos a los niños la próxima vez? Lo curioso es que no había cuotas fijas, se pagaba cada vez lo que se podía, unas veces más y otras menos, lo importante era pagar. Y se pagaba.
     La oficina era la calle. Había uno que tenía su “despacho” en medio de la Plaza de Bib-Rambla; allí cobraba y daba los vales a sus clientes. Otros ni eso, iban de casa en casa de sus “abonados”.


     -¿Usted, ha visto alguna vez un santo volando? Sin quererle perder el respeto a los santos, cada uno ocupará en el cielo el lugar que le corresponda, una pequeña urna de cristal con sus dos puertas para abrir y cerrar con la imagen correspondiente en su interior aparece en escena, y junto a ella una señora que la porta, llamada por la gente del barrio, “la santera”.


                                                             La santera

     Era una señora de mediana edad, enlutada y con un pañolón negro en la cabeza. Iba, de casa en casa, llevando la imagen de algún santo, -San José con el Niño, Santa Rita, San Antón, la Virgen de Lourdes- de especial devoción de la casa visitada. Allí dejaba la imagen, de unos cuarenta centímetros  de alta, durante unos días, según la cuota; imagen a la que se le encendía una “mariposa” de aceite, que ardía noche y día, mientras la imagen estaba en casa. 


                                                       Las mariposas
     El santo estaba protegido por una hornacina de madera, que se podía cerrar o abrir a voluntad, una vez cerrada, servía para su traslado de una casa a otra. Es decir, era una imagen itinerante: tres días en casa de doña Pepita, la del segundo izquierda, otros dos en casa de doña Águeda, la del número catorce de la calla del Candil, y así por todo el barrio.


     La santera sabía darle publicidad, ya que era su negocio, diciendo a sus clientes, con objeto de adquirir nuevos, que esas imágenes eran muy milagreras.
     Desaparece nuestra santera y aparece en el plató, “El novelero.
   Algunos de los espectadores que están presenciado el espectáculo que se desarrolla en Plaza Bib-Rambla, sobre todo jóvenes, optan por marcharse cansados de tantos oficios y profesiones del pasado, pero una mayoría de gente que tuvo la oportunidad de vivir estos quehaceres, continúan absortos, recordando no solo estos oficios sino una serie de anécdotas y circunstancias relacionadas con ellos.


                                                 Plaza de Bib- Rambla

     Continuamos, querido lector, que te estás tragando todo este amplio reportaje.
     Por entonces, no había culebrones en la tele, por una razón de peso, no existía la televisión. Con la radio -aquella radio de lámparas o de galena- en mi casa tuvimos una galena y a través de ella escuché siendo un niño, un serial con el título del “Capote del Espartero”.


                                                 Escuchando la radio galena

     La radio galena se le llamaba así porque el elemento principal era el mineral llamado galena. Una bobina casera de cartulina, con su hilo  de cobre enrollado,  un condensador, un diodo, una antena, unos  cascos, para escuchar y un pequeño trozo de mineral, que había que pinchar hasta conseguir localizar la emisora más próxima, eran suficientes.


                                                 Una radio galena

     -Ya está bien, déjese de más explicaciones y tecnicismos  y continué con “El novelero”.
    Llegaron los seriales, también de una longitud desmesurada, con lagrimones, amores desgraciados, hijos desconocidos…, es decir, porque las cosas no han cambiado, los mismos ingredientes actuales de los culebrones que hoy nos hacen dormir apaciblemente la siesta en la butaca después de comer al mediodía, por esa competencia entre las cadenas televisivas, nos suelen poner a la misma hora.



Pero antes, mucho antes de la radio y la tele, estuvieron los novelones por entregas: “Genoveva de Bramante”, “Los tres mosqueteros”, “El Conde de Montecristo”, o novelas históricas, como “Los Monfíes de las Alpujarras”. La característica común era su enorme número de páginas y de capítulos.



     Cada semana el “novelero” nos llevaba a casa un capítulo del novelón de turno; capítulo que se leía en voz alta en la mesa de camilla, al amor del brasero, con toda la familia alrededor, sobre todo las abuelas. Al cabo de una semana traía el siguiente capítulo y se llevaba el leído. Así semana tras semana. Cultura entre oral y escrita. Por cada capítulo se pagaba una módica cantidad.


     -Mi querido lector, ¿tiene usted alguna silla que arreglar?
    -Vamos a ver, señor escritor ¿qué es lo que me quiere usted decir?
   -Pues, creo que está claro, que si el culo de su silla de anea, está en malas condiciones.



     -Pero hombre, ¡si sillas de anea ya no hay!
     -Pues aquí te traigo otro de los oficios de épocas pasadas.
   El sillero. Llevaba terciada a la espalda una gran gavilla de anea que, posiblemente, él mismo había segado.
     Por las calles se dejaba sentir este pregón.
    ¡Niñas, se arregla el culo de las siiiiillas! ¡El sillero!
    Además de la anea llevaba una sierra y un trozo de hoz.


                                                         El sillero
     
     Su taller era la calle, como la mayoría de los artesanos. Sentado en la acera o en el polvo, retorcía la anea haciendo con ella una especie de soga, que luego, al mismo tiempo que la iba retorciendo, la usaba para rehacer el asiento de las sillas viejas. Los chiquillos hacían corro admirando su labor, mientras cruzando y volviendo a cruzar su anea, el sillero terminaba su tarea, dejando una obra magistral de artesanía. Estos asientos de anea eran muy cómodos, no se necesitaba ningún cojín, para sentarse.


                                                     La planta llamada anea 

     En las tabernas de barrio donde se consumía, a palo seco, el vino por los obreros que volvían del trabajo, para enjugar de alguna manera la pobreza y el agobio en el que se vivía, en la puerta estaban estas sillas, que carecían de espaldar, siempre, de niño me pregunté: ¿Por qué les faltará el respaldo?



    Por la calle abajo, cargando con su gavilla y demás arreos, lo veo trasponer dejando en el ambiente el soplo de su pregón.
   “¡Niñas, el sillero!”



     Este oficio con el que quiero cerrar este relato, no lo llegué a conocer, sin embargo en las noches de invierno, cuando la única bombilla que se encendía en casa, con su tímida luz, apenas cubría las necesidades, visuales que se necesitaban y al encender otra, saltaba el limitador, había que espabilarlo, sacando por la ventana el palo de la escoba y arreándole unos cuantos golpes, se dignaba en volver a suministrar el resplandor.



     Anterior a todo esto estaba, el oficio de farolero, así me lo cantaron y así os lo cuento.
Hace muchos, muchos años, las calles de Granada se iluminaban  por farolas de gas, mientras en la mayoría de las casas, se usaban mariposas, o velas de cera, no había otro medio, ni por supuesto aparatos de radio, salvo excepciones muy contadas.


                                                             El farolero

     Lo único la lectura de la novela, los cuentos de la abuela, e irse pronto a la cama. Posiblemente, fueran las consecuencias de familias numerosas y de la mala información con respecto a la vida matrimonial.
    -¿Quiere usted hacer el favor de continuar y no dar más explicaciones?
   -Bien, continuamos.



     El gas de las farolas se obtenía por destilación seca del carbón de hulla. En Granada la fábrica, llamada, “Gas Lebón”, estaba situada al final de la calle San Antón, entre la acequia Gorda y el río Genil, donde hoy se encuentra le hotel que lleva el nombre de la calle.


                                                           Contador del gas

     Además de usarse en las farolas, también tenía, como hoy el butano, usos domésticos; llegaba a las casas por tuberías que pasaban por un contador, que funcionaba con monedas de “perra gorda”.



      El farolero llevaba una especie de pica o vara de dos metros y medio de longitud, hueca y llena de gas, con una pequeña llama en su extremo superior.        Con este adminículo iba de farola en farola encendiéndolas. Era un hombre crepuscular, salía siempre entre dos luces; un hombre entre D. Quijote  y picador. Recorría las calles iluminando la ciudad. Por lo menos lo intentaba, conseguirlo era otra cosa.



                                              El baúl de los recuerdos

 La Plaza de Bib-Rambla se va quedando desierta, los espectadores se han ido marchando, unos habiendo revivido el pasado otros conocedores de oficios que han quedado guardados en el baúl de los recuerdos, y el resto saboreando el rico chocolate con la ración de churros que aquí se expende en determinados negocios.
   Nuestra plaza ha dejado de ser lo que fue, y seguirá cambiando con el devenir de los tiempos.


                                                   José Medina Villalba