martes, 30 de septiembre de 2014

SEPTIEMBRE. EL OTOÑO ABRE SUS PUERTAS EN GRANADA


                                            El otoño ha abierto la puerta en Granada

                                               Otoño en la Carrera del Darro. Óleo de José Medina Villalba
Alguien ha dicho que el otoño es una primavera en la que las hojas de los árboles, cambiando de color, son las flores de esta estación.

                                                   Las hojas son las flores del otoño
Lo cierto es que el otoño es el preludio y el último peldaño de un ciclo que va a terminar con el frío invierno y con él el final de una serie que se repite constantemente desde que el universo tiene razón de ser.

                                       Otoño en la ribera, hasta el agua parece que camina más lentamente.
                                                                                         Óleo de José Medina Villalba
Uno, éste que desliza los dedos sobre el teclado del frio ordenador, que carece del calor que proporcionaba el tacto de la mano sobre la pluma en tiempos pasados, o sobre el bolígrafo más recientemente, siente también el otoño de su vida sobre sus sienes, después de haber visto y experimentado la primavera de su juventud, aquella de ilusiones y fantasías que constituían las mejores flores representadas en sueños inalcanzables marcados con el color rosa, que con el tiempo se han convertido en amarillos.
                                                         El perfume de los blancos nardos
De perfumes embriagadores de nardos inmaculados  convertidos  en la blancura de los cabellos que cubren mi cabeza, de savia mortecina que se va poco a poco deteniendo en los vasos liberianos  de las ramas de los árboles, como la sangre que circula por mis venas, que va cada vez haciendo su recorrido más lentamente, e incluso ayudada por el impulso que le proporciona un artilugio artificial que le llaman marcapasos.
                                             Las doradas perlas de los granos de trigo
También el cálido verano, el que hace madurar la mies, el que convierte los granos de trigo de los trigales de los campos, en doradas perlas materia prima del sustento, ha sido la cumbre de la Campana de Gauss de una vida donde la madurez se manifestó en un matrimonio que dio sus frutos en unos granos de trigo, en unos vástagos, que ya se han multiplicado.
                                               La madurez se manifestó en el matrimonio
Con el frío invierno terminan las estaciones para dar comienzo con gran impulso a un nuevo ciclo. No ocurre lo mismo en el ciclo de la vida, se pasa la primavera de la juventud, llega el verano de la madurez, para dar paso al otoño de la jubilación y divisamos en lontananza la frialdad del invierno en el ocaso de la vida.

                             Multitud de ramos de flores en la fachada de la Iglesia de la Virgen de las Angustias

                                                   Huele a castañas asadas
Huele a castañas asadas, al aroma embriagador de la multitud  de ramos de flores que los granadinos colocaron en la fachada de su Patrona, la Virgen de las Angustias, para rendirle como todos los años pleitesía; 

                                           Los pies bailan a ritmo acompasado sobre la cuba
huele a mosto de las vides recientemente cortadas y pisadas por los pies que bailan a ritmo acompasado sobre las cubas que las contienen, mientras el color aterciopelado del caldo que sale de la barrica recrea la vista y despierta la necesidad de saborear el rico mosto.
                                              Otoño en el Generalife. Óleo de José Medina Villalba

                                            Otoño en el Sacromonte. Óleo de José Medina Villalba
 La ciudad se ha vestido con un traje nuevo, la apertura del curso universitario le ha dado un aire lozano a las calles, repletas de jóvenes que alegran el ambiente.

                                         En los tenderetes se ofrecen los mejores frutos otoñales       
                                     Los granos de las granadas son verdaderos rubís, corindones rojos
Puerta Real es el salón de exposiciones de viandas que ofrecen, dentro de sus tenderetes, los mejores frutos otoñales: membrillos, granadas, zamboas, almecinas, majoletas, azofaifas, acerolas, castañas, nueces, frutos secos, el variopinto colorido de gominolas, convertidas en ricos dulces glaseados, piñas, aguacates, kiwis.

                                        En los hornos del Albayzín se cuecen las tortas de la Virgen
Los hornos del Albayzín, el del Moral, obrador de Casa Pasteles, Alfacar y sus panaderos y otras diversas tahonas, han dejado escapar por la boca de sus chimeneas  el humo que transporta la fragancia de las ricas tortas de cabello de ángel, de crema o chocolate, las ya clásicas “Tortas de la Virgen”.
                                                  Los destellos luminosos del azúcar de las tortas
Echo de menos aquellos enormes tableros de madera, soportados por trípodes convertidos en patas, cubiertos por blancos manteles donde se colocaban las ricas tortas, que dejaban destellos luminosos del azúcar que las cubría, golpeadas por los rayos de unas bombillas colocadas en serie o por el carburo de otras épocas pasadas.

                                          Elegantemente vestida con su delantal blanco
Allí estaba la albaicinera “Cuatro Tiros”, la mujer de Paco el panadero del Albayzín de la Plaza del Salvador, -de aquella casa que fue el hogar donde en años pasados nació el insigne poeta Manuel Benítez Carrasco- toda elegantemente vestida, con su delantal blanco de volantes recién planchado, y su clavel rojo bien plantado en la cabeza, con una simpatía inigualable y derrochando amabilidad y entrega a su público.  Había infinidad de puestos de tortas, delante del edificio de la Diputación, en la Plaza del Campillo, y a todo lo largo de la Carrera de la Virgen, y en cierto desorden otros de frutos otoñales.

                                             Las casetas repletas con productos del tiempo

Hoy me he dado un paseo por Puerta Real, he pasado echándole un vistazo a los diversos puestos allí colocados, las mismas casetas con sus estructuras de madera, las que han dejado, días atrás, la Feria del Libro, para verse repletas de los productos de este tiempo.
                                            La gente compra los productos del tiempo
Todo muy ordenadito, casetas que venden sus géneros para engrosar las tesorerías de las diversas cofradías semana santeras que tienen que recaudar para los gastos que suponen las diversas actividades, durante el trascurso del año y que culminan con la Semana Santa.

                                             Algunas casetas eran pequeños cubiles
Algunas de estas casetas eran pequeños cubiles donde apenas se podían desenvolver las personas que vendían sus  artículos, había otras con más espacio repletas de ricas manufacturas, pero volviendo a mis años de juventud, recuerdo aquellos tenderetes que daban, a la feria del día de la solemne procesión de la Patrona, un aire especial y que tú lector que estás deletreando este mensaje también te pueden rememorar recuerdos del pasado inolvidables.

                                      El día gira en torno a la procesión  de la Virgen de las Angustias
 Con esto no quiero decir que cualquier tiempo pasado fuese mejor pero sí que aquellos ambientes de feria, han perdido el aliciente especial de lo que es una feria costumbrista.
                                                      Los Gemelos del Sacromonte
Por Plaza Larga suenan los cantes de los “Gemelos del Sacromonte” y su banda: "pares o nones, Sacromonte de mi amor, al amanecer te quiero, te adoro", que se escapan por las esquinas de la Calle Panaderos, de la Calle del Agua, de la Cuesta de la Alhacaba y del Arco de las Pesas, como las cuatro esquinas que encierran, como si  fueran las cuatro ángulos  de un cofre, el tesoro de la Plaza Larga.

                                             Romería de San Miguel en tiempos pasados                  
Son las fiestas más importantes del Albayzín, en lo más alto del cerro nos espera la ermita de S. Miguel para recibir a su santo que a hombros de sus cofrades partirán en romería desde la Parroquia del Salvador. 

                                      El Arcángel  San Miguel, portado por sus cofrades albaicineros
Carrozas, vestidos de faralaes, caballistas, se daban cita en la enorme explanada donde las carreras de cintas y el olor de la gigantesca paella será uno de los puntos de mayor atracción que después recrearía los paladares de los asistentes.

                                      Terrazas de las cafeterías de la Plaza Bib-Rambla
Es sábado 27 de septiembre de 2014, vísperas de la culminación de estas fiestas otoñales, el cielo está encarañublado hay amenazas de lluvia pero esto no impide que Plaza Bib-Rambla, centro neurálgico de la ciudad, se encuentre repleta de gentes en las terrazas de las cafeterías saboreando el rico chocolate y los churros calentitos.
Tomar chocolate es todo un rito.
-Marchando dos chocolates y una de churros.
Es la voz del camarero que nos atiende.

                                      Las tazas con bella decoración contienen el rico chocolate
Humeante, concentrado en pequeñas tazas, con bella decoración, son colocadas sobre la mesa junto a unos largos churros de color acaramelado. La cucharilla ubicada en el centro de la taza se sostiene verticalmente, la espesura de la materia es una señal evidente de la calidad de su contenido, de color marrón oscuro con reflejos bermejos dejan a la vista recrearse mientras nuestra mano va levantando la cucharilla repleta del rico cacao convertido en espesa materia.

                                         El chocolate nos regala el perfume agradable de su olor
Se repite rítmicamente la entrada y salida de la cucharilla que deja en el espacio un olor que penetra en lo más profundo de los sentidos. Huele a chocolate, a churros calentitos, pero también huele a otoño, mientras las bandadas de estorninos y gorriones buscan las ramas de los tilos más propicias, en un revoloteo de bandadas de pájaros que van llegando, es la hora de las dormidas.
La cucharilla asciende hasta los labios para impregnarlos mientras unas gotas espesas se desprenden como no queriendo dejar la taza de la que proceden; aún está bastante caliente hay que seguir moviendo el espeso contenido para subirlo y dejarlo caer de nuevo en la jícara. El chocolate con este elevarse y descender lentamente sobre la taza nos regala el perfume agradable de su olor.

                                                Los churros se barnizan de chocolate
Próximo se encuentra la ración de churros hay que cogerlos uno a uno para irles dando el barniz que les corresponde introduciéndolos en el suculento manjar. Cojo el primero pero se me resiste, sabiendo lo que le espera, me da un mordisco de calor en los dedos que opto por dejarlo. El chocolate ya está preparado espera la llegada de su compañero el tejeringo, no tengo más remedio que tomar una servilleta y acariciándolo se la enrosco en su cuerpo y como el que se lanza a una piscina lo introduzco en la taza.  Lo subo despacito, viene una porción vestido de un cobrizo que se va a desnudar al introducirlo en la boca. Reiteradamente el churro camina de la taza a la boca para irse poco a poco desprendiendo de su cuerpo al mismo tiempo que la jícara va disminuyendo de contenido.
                                           Torneo medieval en Plaza Bib- Rambla

                                          Congreso Eucarístico en la Plaza de Bib-Rambla 
Con el espíritu  satisfecho ante este rito granadino, con el estómago repleto sintiendo la pesadez de un chocolate que tomó aposento, como un peso pesado, vamos paseando por esta histórica Plaza de Bib-Rambla, me vienen a la memoria sucesos acaecidos, en este lugar, en el trascurso del tiempo: centro neurálgico de citas y reuniones, la de los torneos medievales, corridas de toros, fiestas y justas, cadalso y ajusticiamientos, solemnidades eucarísticas, autos de fe, para decidir la suerte de muchos ciudadanos, quema de muchos e importantes manuscritos, documentos, libros, sobre todo los coranes, centro aduaneros de especies y textiles que entraban en la ciudad, feria de caballos, tertulias de vagos y maleantes, de trileros, charlatanes, compra y venta ambulante de objetos de segunda mano, sisados la mayoría de ellos, perfume de flores en las casetas de las floristas, carocas, en las fiestas del Corpus, reflejando en quintillas, de forma jocosa, los hechos más relevantes acaecidos durante el año.
                                              Los globos intentan escaparse              
 La puerta del otoño se ha abierto, dejo que mi mente vuelva a la realidad de esta tarde, el colorido de numerosos globos de gas, encerrado en paredes distendidas de goma, completamente apretujados con diversas formas: muñecos, payasos, aviones delfines, y otros juguetes, que  intentan escaparse de las garras del que los quiere vender, constituyen una paleta de colores, en medio de la plaza.


Hay un personaje que parece jugar al diábolo, introduce un doble cordel sujeto por dos palos en un cubo de agua espumosa y va dejando en el espacio otro tipo de globos gigantescos de diversas formas, con reflejos de colores que flotan en el aire, perseguidos por la chiquillería que ávida por cogerlos sufren la desilusión  al desaparecer, cuando los tocan, en  estallidos que dejan una multitud de destellos en forma de diminutas chispas jabonosas.


                                                   El "tío vivo" ecológico de Bib-Rambla
Más allá está el “tío vivo ecológico”, el de los caballitos, carroza, moto de madera, que se asemejan a los juguetes fabricados, en la hora escolar  de trabajos manuales sobre tableros de panel, con la fuerza  de la segueta. No hay energía eléctrica ni motor alguno que haga girar el columpio, es el vigor del cuerpo del dueño de este artefacto pedaleando sobre una bicicleta fija el que lo mueve.
La menudencia de la chiquillería se divierte, mientras el columpio gira dando vueltas ante la mirada expectante de padres y abuelos.
Con esta forma ¿Hemos vuelto atrás en el tiempo? Todo lo contrario hemos dado un paso adelante evitando, aunque sea en pequeña escala, la contaminación del entorno.



                                                 La decapitada torre de la catedral
La decapitada torre de la catedral luciendo como un ascua de fuego y sus campanas lanzando al viento el sonido del bronce de sus vestidos es la música ambiental en una tarde de otoño.
Domingo 28 de septiembre, las canales han vuelto a trabajar durante esta noche y gran parte de este día vertiendo el agua caída del cielo, hay cierta incertidumbre sobre el acto procesional de esta tarde.


                                           El otoño se ha vestido con un traje hecho de viento
El otoño se viste cada día con un traje diferente, unos días el sastre atmosférico le ha construido un atuendo hecho de viento, para que ayude a la arboleda a desprenderse de las hojas mortecinas que cubren su cuerpo. 
                                                El otoño nos invita a sacar la chaqueta
Otro día se ha cubierto con el mercurio del termómetro que bruscamente ha descendido de temperatura invitándonos a sacar del armario aquella chaqueta que dormía plácidamente un sueño de verano. 


                                                 El otoño se viste con negros nubarrones
Hoy se ha vestido de negro con los nubarrones de un cielo oscuro que grita con la voz ronca del trueno y la refulgente luz del relámpago que deja al descubierto las siluetas de los edificios que duermen en la oscuridad de la noche.


                                    El otoño se viste con rayos de sol. (Lavadero de la Puerta del Sol en Granada)
El otoño también sabe vestirse de rayos de sol, algún que otro día, para engañarnos queriendo hacernos creer que el verano se alarga. Pienso, que el armario donde guarda el otoño sus vestidos  son tantos y  variados los que tiene, que ya no le caben más.

                                              La muchedumbre vitorea a la Virgen de las Angustias
La tarde se ha abierto la pertinaz lluvia de la mañana, que presagiaba dar al traste con la procesión de la Patrona, ha dado paso a un cielo despejado para que pueda desfilar por las calles granadinas admirada por un gentío llegado de allende, de ciudades y pueblos, cada cual con sus peticiones y ofrendas, con promesas y sufragios vitoreándola y reverenciándola.



Otoño es también decir, el aroma que desprenden las tortas de la Virgen envolviendo el ambiente, despertando el apetito e invitando a cumplir con la familia su consumición tradicional, en una de las cafeterías de más renombre en la ciudad, en Casa Isla.
                                                  Torta rellena de cabello de ángel
La torta de cabello de ángel, jugosa, suculenta, es una delicia en el paladar con la característica especial de sus trocitos de almendra que le dan el carácter propio de su procedencia.  
                                                Con la familia disfrutando de la rica torta de la Virgen
Bien entrada la noche en nuestra retirada saboreando las acerolas, y azofaifas, se escucha el griterío y las voces de los vendedores que ven peligrar la mercancía sin despachar.

                                            ¡A seis euros!, ¡a seis euros!, pregonaban para terminarlas
-Tortas, tortas de la Virgen, a seis euros, a seis euros.
Es otoño, las hojas de los árboles son pájaros colocados en sus ramas encarceladas al aire libre pero sin jaula.


                                               Las hojas siempre tuvieron envidia de no poder volar como los pájaros
Es otoño, las hojas siempre tuvieron envidia de no poder volar como los pájaros. Movidas por el viento, quietas otras veces, siempre se preguntaron ¿Por qué los pájaros suben y bajan de las altas torres a beber el agua de la fuente  y yo aquí prisionera y sin jaula?
 Llegó el otoño, se cortó el hilo que las ataba y las tenía prisioneras y se echaron  al vuelo que tanto deseaban.  


                                                    Fueron cayendo hasta dar con su cuerpo en el suelo
Pálidas, amarillentas, débiles, sin fuerzas y sin alas fueron cayendo hasta dar con su cuerpo en el suelo.
 Yo les digo, es otoño, no os preocupéis los pájaros, vosotras y yo con mi mente agotada y mi cuerpo cansado del largo caminar, un día quise echar mis sueños a volar careciendo de alas, a los tres en la misma zanja nos pondrán.
-Es otoño.

                                                José Medina Villalba

jueves, 25 de septiembre de 2014

EL SOLDADO DEL ALBAYZÍN. LA MILI. ANECDOTARIO CUARTELERO


                                               El abuelo le cuenta al nieto sus "batallitas militares"
A la gente joven de estos tiempos, ni por casualidad, le suena esta palabra que hoy se me ocurre poner por título: LA MILI. Quizás, todavía, puede haber por ahí algún cansino abuelo contador de “batallitas” que esté narrando a sus nietos sus hazañas, algunas fantaseadas, de lo que le ocurrió en aquel periodo de su vida.

                                                           Los quintos entran en el cuartel
Un grupo de jóvenes muchachos, entre los que me encontraba, hacíamos la entrada por el Cuartel de Ingenieros de esta ciudad de Granada, íbamos conducidos por un militar sobre el  que, en aquellos momentos, no tenía ni idea de la graduación que le correspondía. La inquietud y el desasosiego era el arma que portaba, con recelo y desconfianza miraba de soslayo a mi alrededor para poder detectar, entre el grupo, algún compañero que me fuera conocido.

                                            Los veteranos nos recibían expectantes, con un beeeee borreguil.
Los pabellones cuarteleros son como grandes naves de dos plantas con enormes ventanales de madera que abren hacia afuera. Un numeroso gentío de soldados, con sus uniformes color kaki, nos recibían expectantes, con los cuerpos volcados sobre el alfeizar de aquellas troneras abarrotadas, donde no quedaba ningún resquicio para que se pudiera asomar algún soldado más, mientras sumisos como corderillos que entran en el redil, sin apenas dirigir la mirada hacia aquellos que nos contemplaban caminábamos lentamente.  
No hubo aplausos de recibimiento pero sí un enorme ¡beeeeeeeeeeeeeeeeee! salido de las gargantas de los que nos miraban. En aquellos momentos estábamos considerados como una manada de borregos.

                                                    El primer recibimiento la terrible inyección.
En fila, delante del botiquín, en pleno patio, nos fuimos despojando de nuestras ropas de medio cuerpo hacia arriba, una bata blanca con manos portadoras de una batea con infinidad de agujas ortopédicas, nos sorprendió traidoramente por las espaldas sin que nos diéramos cuenta. El aguijonazo sobre el omóplato fue morrocotudo, y alguna de ellas comenzó a manar un color rojizo que se deslizaba sobre el dorso.
                                      Como las fichas de dominó, los reclutas fueron cayendo al suelo
El color del rostro del que llevaba delante comenzó a tornarse pálido, el rosado que portaba a la entrada del cuartel se fue cambiando en un blanco de cal de fachada albaicinera, y dar con su cuerpo en el asfalto del patio fue todo uno. Por ósmosis, por simpatía, o llámesele como se quiera aquel grupo de los recién llegados, se fue contagiando y fueron cayendo como las fichas de dominó puestas en hilera cuando se toca la primera sobre la que hay a continuación todas van al suelo, como el pianista que pasa rápidamente sus dedos sobre las teclas del piano, desde los sonidos más agudos hasta los más graves, cuando termina de tocar su composición melódica.


Puestos de nuevo en pie, un enorme jeringón conteniendo un líquido blanquecino, fue depositando una ración en cada una de las agujas.
Hubo comentarios para todos los gustos, desde el que decía que era la vacuna para evitar toda clase de enfermedades, hasta el muy suspicaz que decía que aquello era para mantener aletargado el sexo por si entre los recién llegados hubiese algunos pertenecientes a “la acera de enfrente”, lo del bromuro en las comidas había pasado de moda y ahora se utilizaban otros métodos.

                                            El cabo furriel va entregando el nuevo equipaje
El cabo furriel fue dándonos el uniforme, sin preguntar tallas ni número de calzado, en aquel enorme dormitorio con literas a un lado y otro, nos fuimos despojando de nuestras vestiduras para colocarnos las prendas que nos habían dado. El carnaval, con sus diversos trajes, no tenía nada que ver con el que se montó allí, había quien le sobraba mangas de la camisa y por el contrario al que no le llegaban ni a la mitad del brazo.

                                               Los enormes zapatones de un payaso
Los payasos Pompón y Tedy, del barrio de la Pescadería, del famoso Circo de la Alegría, con sus enormes zapatones éramos, en aquellos instantes, los que allí nos encontrábamos e incluso otros a los que ni con el mejor de los calzadores se le podían  encajar las botas que nos habían “endiñado”. 
Pronto se puso en marcha la solidaridad obligada por las circunstancias y poco a poco se fueron intercambiando prendas hasta conseguir, no modelos para un desfile, pero sí poder salir a la calle un poco mejor vestidos.

                                                   La ducha colectiva nos esperaba
La ducha colectiva nos esperaba, un cabo primero situado en la entrada del túnel, nos hacía pasar a su interior, de las  paredes salían una diversidad de chorros de agua a modo de verdaderos proyectiles, que chocaban sobre nuestros cuerpos más o menos amontonados.
Sin querer a uno le obligan a ser “pillo”,  y la picaresca juega un papel importante; al salir de aquel túnel, y echar mano al pantalón de deporte, con el que había ido a tomar el baño, mi sorpresa fue inaudita al contemplar la ausencia del mismo, ¡me lo habían quitado! No era plan de salir en “bolas”, dando lugar al primer arresto. Ni corto ni perezoso me coloqué el que más próximo estaba a mi mano.
Los gritos, improperios, maldiciones y blasfemias se iban quedando atrás mientras precipitaba mis pasos hacia otro lugar.

                                                               El "chusco" cuartelero
Habíamos dado el primer paso dentro del cuartel y obteníamos el pase de pernocta para los que vivíamos en la ciudad; nuestro primer “chusco”, (bollo de pan cuartelero) se nos entregó como primera ofrenda alimentaria. Fue también la primera dádiva que ofrecí a mi prometida, cuando vestido de militar fui a visitarla. Nos comprometimos a comérnoslo cuando terminara el servicio militar. Así ocurrió después de quince meses, hubo que remojarlo y ¡qué buen remojo hubo que darle!

                                                          El carro de combate de mi pesadilla
Aquella primera noche me encontré sumergido en una amalgama de sueños, por momentos me veía subido en un carro de combate, o lanzando una granada de mano, o en un cuerpo a cuerpo con el enemigo.                  

                                                 Las primeras claras del día
Las primeras claras del día dan la bienvenida a un simple soldadito que sale de su casa para dirigirse al cuartel, con pasos precipitados como si el traje militar me hubiese impuesto la manera de caminar, voy marcando el paso, la tenue luz de las farolas de la Cuesta del Chapiz se va disipando ante la luz del alba que como cuchilla imperiosa va penetrando por los tejados de las casas.

                                         El perfume de las glicinias se derramaba por los tapiales
Me llega el perfume de las celindas, jazmines y glicinias que cuelgan por las tapias de algunos cármenes, respirando ese bálsamo embriagador mis pulmones se dilatan y mi corazón encogido por las pesadillas de la noche se va poco a poco ensanchando.
Pasan los primeros obreros con sus hatillos y fiambreras donde portan la humilde comida que le han preparado sus mujeres para apaciguar el hambre del mediodía.
-Buenos días.
-Buenos días, se dejan sentir en el silencio de la mañana.

                                                               El arte de pelar un chumbo
Una vendedora de higos chumbos, con canasta apoyada en la cadera, intenta romper el secreto y la tranquilidad del crepúsculo matutino.
-Qué gordos y qué dulces, qué ricos higos llevo hoy.
Alguna vecina madrugadora con su repintada fuente de Fajalauza va depositándolos en el fondo mientras la expendedora con manos ágiles les va quitando la piel.
-Soldado, ¿has desayunado?

                                           De esta manera se parte y extrae un chumbo
Con la agilidad del mejor cirujano la gitana deslizó el cuchillo por el centro del higo chumbo abriéndolo en canal, después de cortar los dos extremos, sus dedos despegaron la piel y  el chumbo salió afuera, después de practicarle la cesárea y mis manos percibieron la frescura de la mañana que portaba aquel rico fruto.
Masticándolo lentamente el jugo sabroso va calando en las papilas gustativas, mientras la vendedora me ofrece una copita de anís que es el complemento a este delicioso manjar mañanero. El calorcillo del líquido elemento es el revulsivo que acelera el motor de mis pasos que pasan de un caminar normal a un paso ligero.

                                              María, la mujer de Ramón el panadero del Albayzín
Atravieso el corazón del Albayzín por la calle Panaderos, mientras el olor a pan recién salido del horno invade mi pituitaria; Ramón va cargando los serones de su yegua alazana,  de  bollos, hogazas, “jayuyas” y me ofrece una triangular napolitana de chocolate, que devoro rápidamente; poco más allá las “pescaeras” se afanan en presentar los plateados boquerones, recién llegados de Motril, en sus cajas sobre el mostrador de límpido mármol blanco. 

                                                         Casa Pasteles
El olor del café recién hecho de Casa Pasteles, es el complemento a este desayuno itinerante mientras me deslizo por la Cuesta de la Alhacaba en dirección a mi destino.
Se ha desmontado de su columna la Inmaculada del Triunfo y reposa en el suelo de la plaza esperando el momento de llevarla al lugar donde se van a construir los nuevos jardines.
                                      Lugar donde se encontraba la Virgen del Triunfo  en el año 1959
 Esta imagen, que durante muchos años le estuvo volviendo las espaldas a la antigua plaza de toros, a la que invocaban los valientes lidiadores, en las tardes del caluroso verano granadino, cuando a las cinco en punto comenzaba la fiesta.
Me impresiona el tamaño descomunal de la escultura situado en el suelo, todas las mañanas la estuve saludando cuando pasaba en dirección al cuartel.
El soldado que prestaba su servicio a la entrada, dio la voz.
-Guardias formar.

                                                     La guardia formando ante la llegada del Teniente Coronel
Me miré la bocamanga de mi chaqueta para comprobar si tenía alguna estrella y era a mí a quien se dignaban recibirme como si fuera el Teniente Coronel del cuartel.
Alguien me indicó que me detuviera mientras de un coche con banderín se bajaba el que después pude comprobar era el jefe de aquel que durante un largo periodo de tiempo iba a ser mi domicilio particular.

                                           El cornetín deja al viento las notas agudas de su instrumento
De mediana estatura, rechoncho y barrigudo, con fuste en la mano recibió las complacencias del teniente de guardia mientras el cornetín, diestramente manejado por el avemariano José Luis Hidalgo Chica, gran trompetista, dejaba al viento las agudas notas de su instrumento con estilo de gran concertista, y advertía  la llegada del teniente coronel.
                                              Todo el mundo firme saludando al Teniente Coronel
Hay cosas que te fascinan y otras que te sorprenden, una de ellas fue observar cómo, cruzando los enormes patios que rodean el edificio, los soldados que deambulaban de un lado para otro, se convertían en verdaderas estatuas, por cerca o lejos que se encontraran, al contemplar la presencia del “soberano”. Me parecía que al “jerarca”, se regodeaba y le complacía ese estado de sumisión y reverencia de los diversos soldados que esperaban con paciencia  indicara con su fusta que se podían mover.
                                                  De niño los desfiles militares me enaltecían el espíritu.
Cuando de niño asistía a los desfiles militares el espíritu se me sobrecogía, el vello se ponía de punta cuando veía desfilar con esa marcialidad a las compañías, fueran de la clase que fuesen, al ritmo de las marchas militares, el respeto a la bandera y la devoción y el silencio interrumpido en algún momento con un ¡Viva España! que enaltecía  el espíritu. ¿Quién no se hacía militar con aquella serie de escenas?



Más las cosas, a veces,  no son como las pintan y aquel sombrajo de fantasía que deambulaba por mi cabeza se derrumbó cuando penetré en los entresijos de la tramoya escénica.
Cuando te conviertes en actor, cuando percibes día a día la realidad de la disciplina militar aquella fantasía que late desde tu infancia se derrumba.  


                                 Los reclutas escuchan atentamente las normas que todo soldado tiene que cumplir
Eran las tres, en una soleada tarde primaveral, la Compañía de Transmisiones a la que pertenecía, setenta soldados sentados en el patio del cuartel imbuidos en el traje de faena, algunos como verdaderos espantapájaros, escuchábamos atentamente la lectura del articulado que todo soldado debe saber y cumplir; el teniente que la regentaba, Cayetano Anibal, con énfasis y arte miliciano los leía. El incumplimiento de alguno de aquellos capítulos, hacía temblar al más impertérrito de los humanos, que se sentenciaban con la frase, ¡Pena de muerte!

                                  El teniente Cayetano Anibal, gran artista, en su época posterior a la vida militar
El teniente de la Compañía, era un militar de milicias universitarias reganchado, vestía con elegantemente y su porte señorial distaba bastante de otros militares “patateros”, que dejaban bastante que desear. Tenía buen porte y estilo, sabía escuchar y como universitario se expresaba con bastante claridad. Después en el trascurso del tiempo Cayetano Aníbal dejó el cuerpo militar y se dedicó a su verdadera vocación el arte y la enseñanza.
Podría llenar páginas y páginas sobre los quince meses milicianos, pero tendría que llenar varios archivos, sin embargo por qué no sacar a la palestra algunas anécdotas que ocurrieron y que en estos momentos las veo con la complacencia que da el trasnochado tiempo pasado, e incluso reviven en mi espíritu la lozanía, jovialidad, la frescura y el vigor de un tiempo que corresponde a una de mis numerosas páginas del diario de mi vida.



Una de aquellas tardes, sentados en el asfalto del patio en lo que le llamaban “clase teórica”, llevando ya un mes en el cuartel, vemos llegar a un vulgar muchacho de pueblo, vestido a la usanza cortijera, con un “hatillo” colgando de un báculo; las miradas se clavaron rápidamente sobre él y los setenta y un pares de ojos hicieron impacto sobre el recién llegado que tímidamente se fue acercando al grupo.
-¿Qué desea usted? Fue la pregunta del teniente.
-Soy soldado de este cuartel.
- Hace un mes que tenía que estar en el acuartelamiento y ya se le ha dado por prófugo.
Aquel simple y vulgar hombrecillo, debió entender que aquella palabra debía entrañar algo muy grave, por lo que le vimos palidecer.


                                           La última oveja que tuvo que esquilar nuestro soldado, dado por prófugo.
-Denos una explicación de su tardanza, dijo el teniente.
-Mire, señor, tenía que esquilar a mis ovejas y hasta que no he terminado la faena no he podido venir.
Setenta carcajadas aumentadas por el eco de otras setenta que rebotaron desde los tapiales del cuartel invadieron el lugar.
-¡Ah! con que esquilador, bien, bien, en estos momentos te nombro oficialmente barbero mayor del cuartel.


                                                     El barbero de Sevilla
Así nuestro pastor se convirtió en el fígaro de la zarzuela “El barbero de Sevilla”. ¡Qué buena vida se raspó! E incluso buenos dineros de propina que se llevó. Al principio el que caía en sus manos era esquilado como vulgar oveja, pero con el tiempo se fue limando y al final era bien cotizado por los “quintos”.


                                         Pasar revista para salir del cuartel, uno de los sufrimientos diarios
Las salidas por las tardes para ir de paseo, y los pernoctas podernos ir a nuestras casas era uno de los calvarios más engorrosos del día. Puestos en fila delante del cuerpo de guardia, aquello le llamaban pasar revista, yo le llamaría ajusticiamiento, ante un juez implacable que sacaba defectos donde no los había por tal de fastidiarte la salida. Visto, hoy día, aquellas “putadas”, podrían ser el ensayo y preparación mental para otras muchas que la vida te ha ido dando y que incluso seguirán acribillando hasta que dejemos  esta existencia terrenal.   


                                                         Un soldado pasa revista
Aquella tarde el jefe de la guardia se llamaba, teniente Pinilla. Tenía fama de gastarle alguna mala faena a los que deseosos de dejar el cuartel tenían que resignarse a quedarse en él.
Llegué pulcro y bien presentable a pasar la revista, el traje de paseo inmaculado, las botas brillaban cual espejo donde te podías mirar, la barba bien rasurada y la gorra perfectamente colocada en la testa. Uno a uno les fue indicando, a mis compañeros,  que se marcharan. Llegado a mi altura me miró de abajo hacia arriba y a la inversa, en mi interior existía un regocijo como el que espera una felicitación, paso su mano por mi cara un par de veces y con el dedo en ristre me señaló que marchara a la compañía y que me afeitara de nuevo, instintivamente y sin poder remediarlo hice una mueca con el entrecejo que él captó a la perfección.
Fueron tres veces las que tuve que volver a afeitarme, cuando el rostro manaba sangre pude salir y aprendí que cualquier queja aunque fuera justificada podía volverse en mi contra.


                                      Uno de los vehículos que más se veían allá por los años 1959
Una de esas tardes primaverales cuando el perfume del azahar invade los sentidos, pasear por Granada respirando a pleno pulmón, en aquellos días del año 59 del siglo pasado, aún los decibelios de los carricoches, furgones y demás monstruos,  de dos y cuatro ruedas, no habían invadido a sus anchas las calles de la ciudad, con sus estruendosos sonidos que deterioran los tímpanos y la polución ambiental no habían asomado sus garras, todavía se podía ver la moto-carro cargada con las barras de hielo, traídas de la fábrica del Escudo del Carmen, el panadero repartiendo el pan cargado en los serones de su borrico o el sonido agradable del “afilaor” por la calle Elvira.

                                                   Acera del Casino en Puerta Real
Paseaba nuestro soldadito, el ya famoso “barbero de Sevilla”, por la acera del Casino, cuando se le acercó un barrigudo señor elegantemente vestido, nuestro “pastor” con su indumentaria militar contemplaba extasiado la luz refulgente de los escaparates con sus atractivas mercancías que deslumbraban a nuestro paisano.

                                                                Puerta de entrada al cuartel
La mano de aquel caballero tocó en el hombro de nuestro personaje que se volvió rápidamente hacia la señal que le avisaba.
- Hola muchachito, ¿De qué cuartel eres?
-Soy de ingenieros, señor.
-Oye, me han dicho que el teniente coronel de ese acuartelamiento es un hombre demasiado recto y exigente, que es el terror del cuartel.
Nuestro individuo, tímidamente sin parpadear un momento y con la simpleza y al mismo tiempo picardía del pueblerino que viene bien puesto en guardia por las gentes de su lugar le respondió.
-Señor, no se crea nada de eso, son habladurías, en  mi cuartel el jefe es un buen hombre, mira porque la tropa nos encontremos a gusto, se come y se viste bien, nos tratan como si estuviéramos en nuestra propia casa y a mí, que llegué tarde, me han hecho el jefe de la barbería.
                                                      Rosendo, el barbero del cuartel
De regreso al cuartel, el capitán de guardia, lo llamó y le dijo:
-Rosendo tienes un mes de permiso, el señor que ha estado hablando contigo es el teniente coronel de este cuartel, puedes terminar de esquilar tus ovejas.
Marchábamos una mañana toda la compañía por la Avenida de Cervantes con nuestros mosquetones al hombro y cartucheras cargadas de munición,  en dirección al campo de tiro que se encontraba en un lugar llamado “Las Conejeras”.

                                                  El primer día de práctica de tiro
Era el primer día de práctica, era el bautizo de dar en el blanco. Puestos en fila de diez, separados unos de otros a pocos metros de distancia, sonó recia y fuerte la voz del capitán Castañeda.
-Cuerpo a tierra.
-Cargar.
-Apunten.
El compañero que tenía a mi lado, invadido por el pánico del momento, se fue reculando hacia atrás de tal manera que hubiera podido ocasionar un grave accidente, cuando el oficial, que mandaba la tropa, diera el último y definitivo vozarrón  de  ¡fuego!
Fue tal el puntapié, en susodicha parte trasera, que recibió del capitán que puestos en hilera correctamente, una vez dada la orden,  las balas partieron acompañadas de una estruendosa explosión al lugar que les correspondía.

                           De izquierda a derecha: Luis Núnez Contreras, doctor, catedrático y decano en la Universidad
                                                 de Sevilla. Rosendo el barbero del cuartel. José Medina Villalba, profesor del Colegio del Ave María, en Granada.
                                                  Eliseo Aznarte Gómez, médico en Madrid.
Los pernoctas habíamos tenido que ir al cuartel para cumplir una misión especial que en aquella madrugada se iba a celebrar. Todo eran conjeturas y presunciones, antes de salir hacia  la hazaña que íbamos a realizar; se comentaba entre el cuchicheo de los compañeros que tendríamos  un encuentro con un enemigo escondido, otros decían que era la toma del castillo de Alcalá la Real, los más avispados, creyendo ser poseedores de la verdad, comentaban que íbamos a librar una terrible batalla y algunos sería apresados y llevados a las mazmorras de la Alcazaba Cadima.

                                             Una luna espléndida se escondía entre la arboleda
Los grillos chirriaban aquella noche de verano en las cunetas de la Carretera de Pulianas, el rastreo de las botas sobre el polvoriento camino se iba quedando atrás, algunas luciérnagas con su luz intentaban alumbrar la oscuridad de la senda. Una luna espléndida se escondía entre las nubes y la arboleda o aparecía dejando ver  el brillo de los cañones de los fusiles. De pronto la voz de, ¡alto compañía! rompió el silencio de la oscuridad.
-¡Compañía, descanso! Sentados en la cuneta e incluso otros retrepados sobre la hierba seca, nos fuimos acomodando.
El olor del humo de algunos rastrojos, de la siega reciente del trigo, en la vega penetraba por nuestras napias e incluso se podía percibir en la lejanía la llama, como pequeñas lucecitas, que aparecían y se ocultaban.


                                                          La Torre de la Vela
Algunos sones de la Campana de la Vela, desde la lejanía apenas si se percibían, pero daba la impresión de que la sultana Alhambra estaba contemplando con los ojos en lontananza a las huestes cristianas cercando la ciudad allá por 1492.


                                                                         El Gran Capitán en la toma de Granada

 En unos instantes mi mente en una abstracción  del lugar y del momento fue cambiando el escenario; el capitán Castañeda que mandaba la compañía se transformó en “El Gran Capitán” D. Gonzalo Fernández de Córdoba, todos los soldados nos despojamos de nuestras vestiduras y nos uniformamos  a la usanza de aquella época. Allá en la lejanía veía al Cardenal Mendoza ondeando el pendón de Castilla en la Torre del Homenaje y Granada entera recibía a los Reyes Católicos en el Violón mientras un Rey Chico, se arrodillaba y entregaba las llaves de la ciudad a los que consiguieron la unidad de la Nación.



-¡En pie!
Gritó el jefe de la compañía y en un momento nos volvimos a vestir de soldados y con un giro de 180º emprendimos el regreso al cuartel. Había terminado la hazaña y se había cumplido un paseo militar programado.
El capitán cumplió con su programa y a los soldados nos fastidiaron unas horas de sueño.
Habían pasado tres meses y el cemento, del enorme patio del cuartel, soportaba silencioso los duros golpes que con rabia lanzábamos sobre él la compañía de transmisiones  durante la instrucción diaria, unas veces con el mauser al hombro y otras con las emisoras a las espaldas.


                                                               Machacando el asfalto del patio...
¡Paso! ¡Paso! ¡Paso! Gritaba enfurecido un cabillo primero de corta edad, con perspectivas de futuro en el ejército, a un grupo de soldados con titulaciones de médicos y maestros, era una  forma de creerse superior a los que en aquellos momentos mandaba. ¡Pobre hombre!

                                    Un simple soldado no le puede dar lecciones a un soberbio cabo primero
Aquel cabo primero con nombre Corral, nunca mejor le pudo venir el apelativo, me invitó para que le preparase los exámenes para sargento, pero su ignorancia era tal que cuando comencé a explicarle alguno de los temas que le exigía el programa, se sintió, según pude entender, en un plano de inferioridad, y eso no lo podía soportar, ¡un simple soldado dándole lecciones a un cabo primero! ¡inaguantable! por lo que nuestra relación de maestro a discípulo a los pocos días dejó de existir y se suspendieron las clases. En más de una ocasión, en el trascurso de la vida hubiera querido encontrarme con el susodicho militar a ver si los humos de grandeza intelectual, de los que carecía, le habían desaparecido.

                                                                        La Caldelería
Por la calle Elvira, cuando la mañana aún no se había desperezado, y los puestos de frutas y verduras de la Calderería, la que hoy en día es el zoco marroquí de teterías,  no habían comenzado a funcionar, un grupo de soldados, entre los que me encontraba, nos dirigíamos a la Capitanía General para celebrar nuestra guardia semanal.


                                                           Capitanía General
Los comerciantes sacaban de sus pequeños locales los productos, colocándoles de la mejor forma posible para ofrecérselos a las amas de casa más madrugadoras, que  querían llevarse el “cogollo” de las ventas.
Carrillos de mano cargados con la verdulería, dejaban el sonido metálico de sus ruedas sobre la empedrada calle, reatas de mulos con los serones llenos, de hortalizas, hacían de la empinada calle una algarabía mañanera.


                                                          La nívea losa de mármol de la pescadería
-¡Qué voy! ¡que mancho! Era la voz del mozo que cargaba sobre sus hombros la pesada caja de pescado, chorreando el agua del hielo que custodiaba la mercancía, para depositarla sobre la nívea losa de mármol de la pescadería.


                                                              La churrería de la Caldelería
El oloroso humillo, del aceite casi humeante, de la churrería próxima,  preparado para recibir la masa que se convertiría en el tejeringo, llegaba hasta nuestros olfatos y nuestros estómagos deshabitados, a esas tempranas horas, se rizaban añorando el suculento manjar.
 En la puerta de un tabernucho, antro de borrachos, guardaba en la puerta un rechoncho personaje, dueño de aquel cubil portador de un enorme bigote que le llegaba hasta las orejas, blanco, ancho y amarilleado por el paso constante del humo de una enorme pipa de un fumador impenitente, junto a una poblada barba.  

                                                             ¡Bigotes! ¡Barbas!
Siempre se repetía la misma escena, tanto al ir como al volver de realizar la guardia, al llegar a la altura de nuestro nuevo personaje, era la voz que salía sin poder determinar quién era el causante, se dejaba sentir a todo lo largo y ancho de la calle, bajo la mirada feroz de aquel personaje, que se hubiera tragado al que la  pronunciaba, ¡Bigotes! ¡Barbas!
                                                         La cocina del cuartel
La cocina del cuartel era enorme, se daban muchas raciones de rancho al día, pero jamás se podría comparar con la de cualquier vulgar restaurante. Lo que más me llamó la atención, una mañana que mi curiosidad olfateaba por aquellos lares, fue  contemplar a los rancheros, unos soldados que jamás habían pisado una cocina y que liberados de guardias, instrucción y demás oficios a cumplir permanecían en traje de faena en aquel lugar, aprendiendo y practicando un nuevo oficio para ellos.


                                                        Preparando el café para la tropa
Era la hora de preparar el desayuno para la tropa; una enorme y gigantesca perola llena de agua recibía un saco lleno de café atado de una cuerda que se deslizaba sobre una carrucha, y penetraba en su interior lentamente como el que entra en una piscina para tomar un baño de agua caliente, después de un buen rato, con el agua hirviendo y después de dejar el jugo de su sustancia se le sacaba y hasta el próximo baño a la mañana  siguiente.
                                                    Clase de analfabetos en el cuartel
Como maestro que era se me nombró instructor pedagogo de los soldados analfabetos, y ayudante del capellán castrense, fue una manera de evadirme de otras actividades; permanecía la mañana “escondido” en el despacho de aquel capellán, para evitar ocultarme en otros lugares como lo hacían mis compañeros y de este modo evadir al brigada de la limpieza que nos perseguía para estar barriendo o limpiando un cuartel que siempre estaba en exposición.
                                                        Las caballerizas del cuartel
El brigada de las caballerizas tenía a sus órdenes una serie de soldados, procedentes del medio rural donde  sus tareas estaban en la cría y cuidado de animales, cabras, ovejas, caballos, por lo que por sus experiencias los habían seleccionado y dado como destino dentro del cuartel, las cuadras de los caballos.
La mayor parte, por no decir la totalidad, de estos soldados eran analfabetos y requerían asistir a las clases que a mí se me habían encomendado. Coincidía, no sé el motivo, con la hora de dar forraje a los caballos por lo que el brigada de cuadras me recomendó hiciera “la vista gorda”, y dispensara a sus subordinados de asistir a clase.

                                                       Aprendiendo a firmar
Todo marchó bien hasta que uno de los soldados, teniendo de cuerpo presente a uno de sus familiares necesitó permiso para asistir al sepelio de su padre en su pueblo. Dicha autorización correspondía al teniente coronel.
No se le concedía dicha licencia mientras no supiera firmar; con lágrimas en los ojos vino a mí y guiándole la mano varias veces, como el que hace un dibujo, consiguió el visado y pudo marchar.
La disciplina militar llega, en determinados momentos, a situaciones insospechadas que suelen rayar en la ridiculez, unas veces, y la injusticia otras. Fueron unos momentos muy duros para mí aquel día en que estaba de servicio y llegó al cuartel la noticia de que mi madre, que desde hacía tiempo venía padeciendo una grave enfermedad, se encontraba a punto de morir.


                                                        Mi madre, Josefa Villalba López
Pensé cuando recibí la noticia que me relevarían de mi ocupación para ir a pasar los últimos momentos junto a aquella que me había dado el ser y su entrega por mí y por toda mi familia, más esto no fue tan fácil como a simple vista podría parecer, tuvo que llegar un telegrama del sargento de Colomera del cuartelillo del Albayzín, comunicando al jefe de guardia la gravedad del momento para que pudiera salir y estar junto al lecho de la que siempre he tenido en mi pensamiento, ¡mi querida madre!
Las compañías, es decir, las largas salas donde se encontraban los dormitorios con literas a ambos lados, brillaban cual espejos recién pulidos, se reflejaban perfectamente los cuerpos en aquellos aseados aposentos.

                                                Los dormitorios del cuartel brillaban después de pasarles el colchón
-¿Queréis saber cómo se limpiaban y abrillantaban?
Diariamente, se les fregaba con la mezcla en el agua de algún producto de abrillantamiento, a continuación se colocaba un colchón en el suelo a la entrada de la compañía, un soldado se sentaba en él y otros dos como el que arrastra una carretilla, a toda velocidad, lo deslizaban de arriba abajo dándole tantas pasadas como fuera necesario hasta que quedara como  los “chorros del oro”.  ¿Curioso verdad? Pero nada higiénico.


                                                     Las golondrinas revoloteaban
Eran las seis de la mañana de un día solemne, el día de las Fuerzas Armadas, el día del desfile en la ciudad. El perfume de las celindas y los rosales que adornaban los arriates del cuartel invadían todo el recinto, las golondrinas recién llegadas de allende los mares, revoloteaban sobre los nidos construidos en años anteriores en los aleros de los tejados, infinidad de delichom urbicum –avión común- cubrían un cielo de intenso azul girando y dando vueltas sobre nuestras cabezas y posándose sobre los alféizares, con un sonido estruendoso de graznidos.


                                                  Preparando las emisoras para el desfile militar
Cada soldado se afanaba en poner en orden de revista el instrumento con el que iba a desfilar, ya fuera la emisora, el fusil, el carro de combate, el camión con las ametralladoras, las cartucheras el correaje y por supuesto el traje de paseo con todos sus aditamentos.
-Compañía a formar. Era el grito del cabo primero Romero.
En un momento todo el desorden que existía se trasformó, a través de aquel mandato, en una composición donde cada soldado se colocó en el lugar que le correspondía.


                                                   Pasando revista antes del desfile
Se pasó la primera revista y así sucesivamente, hasta las doce de la mañana, las distintas graduaciones militares fueron haciendo lo mismo en espacios separados: sargento, brigada, alférez, teniente, capitán, comandante…, hasta llegar al jefe supremo el teniente coronel.

                                                         Explanada de la antigua plaza de toros desaparecida.
Un sol de justicia caía sobre nuestras cabezas cuando nos encontrábamos, a las una de la tarde, en la explanada de la antigua plaza de toros, actualmente los jardines del Triunfo. Mis espaldas se quejaban del peso de la emisora que durante varias horas venía soportando.
Un golpe seco sobre el terroso campo llegó a mis oídos, a poca distancia de mi cuerpo, un soldado había caído fulminado; pronto observé cómo el que se encontraba contiguo le caía el sudor por la frente como si manara una fuentecilla, rodaban las gotas por la mejilla, invadían el suelo formando un charco y dar con el cuerpo en el suelo fue todo uno.  


                                       El desfile de las Fuerzas Armadas por la Gran Vía de Granada
Los altavoces colocados a lo largo de toda la Gran Vía dejaban en el espacio la sonoridad de  una marcha militar; fueron entrando en el desfile los distintos cuerpos: infantería, automovilismo, legionarios, marina, compañía de alta montaña, paracaidistas, caballería…, todos equipados con sus correspondientes armas militares según el cuerpo, hasta que le llegó el turno a zapadores y transmisiones.
Las aceras de la Gran Vía estaban repletas de gentes enardecidas y enfervorizadas ante el paso de los militares, los saludos se repetían al paso de la bandera y los vivas a España salidos de las gargantas inflamadas hacían vibrar la fibra sensible tanto de los espectadores como la de los actores.
Pasados los quince meses, con sucesos anecdotarios agradables y otros no tanto llegó el momento de licenciarse.


Había que pasar por el departamento del cabo furriel para hacerle entrega de toda la vestimenta que el primer día te dieron cuando entraste en el cuartel: traje de paseo, de faena, ropa interior, botas…, era curioso ver como admitía el furriel, un girón de tela por unos calzoncillos, o la borla del gorro de faena por éste, pero las botas no bastaba con entregar los cordones era necesario, aunque estuviesen muy deterioradas entregar un par.
Alguien en esos momentos de euforia porque vas a dejar el cuartel y faltándole las botas no se le ocurrió otra idea que asaltar mi taquilla y sisarme las mías.


                                                         En el rastrillo, de segunda mano, del soldado.
Un día de cabreo y de estancia más me costó permanecer en el acuartelamiento hasta que pude adquirir, en la Calle Elvira en un rastrillo que existía, unas viejas y desastrosas botas que me dieron el salvoconducto de salida.
 Con este anecdotario de mi servicio militar allá por los trasnochados años de 1959, he querido sacar al exterior, para mis diversos seguidores, los hechos de un servicio castrense, que con sus aberraciones, en cierto modo fortalecieron el carácter de los que lo vivimos, a pesar de que las dificultades por las que se pasaba en aquellos tiempos ya lo teníamos más que acorazado.
A veces se me ocurre pensar, viendo la vida boyante de la juventud de hoy día, si no les vendría bien un paseíto de unos meses en un cuartel de aquellos tiempos con la disciplina correspondiente.

                                        José Medina Villalba