sábado, 18 de noviembre de 2017

EL ALBAYZÍN ES UNA CAJA MÁGICA. EL HUERTO DEL CARLOS


Siempre me sedujo la idea, al terminar una pintura, hacer un post dedicado al óleo que dio origen a este cuadro, y aquí está para ponerse a la cola de los doscientos veintiocho archivos, hasta ahora, publicadas en mi blog.



                                    Huerto del Carlos. Óleo sobre lienzo. (46X31). Autor: José Medina Villalba

     Por muy granadino y albaicinero que seas, por mucho que hayas recorrido su callejas, por muchas noches disfrutando de un amanecer después de haber pasado una velada de juerga con tus amigos, por muchos años vividos en lo más íntimo de tu ser, siempre encontrarás motivos, para sorprenderte, porque éste mi querido barrio, es una caja mágica de sorpresas.

                                                   Placeta de la Cruz Verde

En más de una ocasión, hemos visto el truco del cajón mágico, donde se introduce una bella y encantador señorita, después de girado varias veces por el prestidigitador para comprobar que no hay “ni truco ni cartón”, 


nuestro mago, con una habilidad especial, lo va atravesando por distintos lugares con sendas espadas cortantes, para al final aparecer intacta y sin el menor rasguño la que fue sometida a la prueba.

                                   Las murallas en épocas pasadas, fueron las paredes de esta caja mágica.

Todo el Albayzín es una gran caja mágica, es una bella señorita, encerrada en un gran cajón fascinante, en épocas pasadas esa gran caja estaba limitada por las murallas, que construyeron los antepasados, hoy día es un gran cofre completamente abierto, para enriquecer a propios y extraños.

                                                          Cuesta de Alhacaba

Nuestro gran cajón está atravesado por varias “espadas”, sin que le produzcan el menor deterioro, eso sí, son dardos que nos permiten una mayor accesibilidad para penetrar en cualquiera de sus encantadores rincones.

                                                        Cuesta del Chapiz

Cuesta de la Alhacaba, Cuesta del Chapiz, Cuesta de San Gregorio, y María la Miel, por citar los ejes trasversales más importantes, sin descartar otros más que como ramales parten de éstos, para llegar a los rincones más insospechados, al mismísimo corazón de sus entrañas.

                                                        Cuesta de San Gregorio

El murmullo de la gente, que se afanan por recrearse en las colgaduras que penden en los establecimientos, apretujados unos contra otros, de sabor morisco, con olor a marroquinería, a perfumes orientales, alfombras, tapices, velos, babuchas, fez, chilabas, lámparas que emiten diversidad de colores, salidos de los innumerables cristalitos que le dan cuerpo, 

                                            El Marrakech granadino. (Antigua Caldelería) 

músicas de laudes árabes, mazhar, arghul, bendir, que nos trasladan a escenas de bellas danzarinas moviendo las caderas y elevando los brazos al cielo, para deleitar a los que ricamente se toman un té moruno con sabor a menta y hierba buena,


                                                       La danza del viente

olores  a miel, almendras, dátiles, comino, anís, buñuelos, pestiños, hojaldre de la típica pastelería árabe, dan por resultado  una Medina, trasladada de Marrakech, a  lo que fuera en épocas no muy lejanas, sonidos de martillos golpeando calderas y cubos, 

                                                       La Caldelería (1950)

olor y sabor a verduras y frutas, voces que pregonaban los boquerones recién traídos de Motril o el rico olor a los churros recién fabricados en la famosa Calle Caldelería.


Salimos del Marrakech, granadino y ascendiendo por el Albayzín cristiano nos detenemos en la "Taberna del beso”, siempre un beso a estas horas de la mañana sienta bien, con un rico y calentito café, para seguir tomando fuerzas en una mañana fresquita, de un otoño que por fin ha dicho, aquí estoy, he llegado ya.   
La subida, aunque la calle no es muy pendiente, hay que hacerla con tranquilidad, porque es necesario deleitarse en todo los que nos vamos encontrando al paso. El empedrado que ha de servir de sustento de nuestros pies, 

                                                      Empedrado del Albayzín

no se encuentra muy compenetrado en la unión de los elementos que lo forman y hay que ir pisando con cierta quietud, para no dar paso a una torcedura que nos impida llegar al lugar de nuestro destino.


                                                  Tabanco Flamenco del tío Gregorio

Dejamos atrás el Carmen de los Cipreses, el Tabanco flamenco del tío Gregorrio, con actuaciones los jueves y los viernes, el Taller de Arte, donde no hay que pagar matrícula, solo por las obras que realices.

                                                       Placeta de Carvajales

Es temprano pero, no por eso, al llegar a la Placeta de la Cruz Verde,



 ¿Quién no se para a saludar a la Sultana Alhambra en la Placeta de Carvajales?,  la cogemos lavándose la cara en la alargada alberca que atraviesa de arriba abajo toda la recoleta plazoleta, mientras los primeros rayos del sol llegados desde Valparaiso le están secando el rostro.

                                                        Carmen de la Media Luna

La palmera del Carmen de la Media Luna, toda arrogante y esbelta, se ha dejado caer sobre el tapial que lo rodea, agitada por un leve vientecillo que viene de María la Miel, nos habla con un saludo, en  agitado y revoltoso movimiento.

                                                          Placeta de Nevot

Bella vista poco más arriba, desde la Placeta de Nevot  y una breve oración al pasar por delante de la ermita de la Virgen de las Angustias, en el carmen de dicho nombre, 


donde todavía se escucha la leyenda del aljibe cuya agua sabe a miel. (Si quieres conocer dicha leyenda te remito a mi post, cuyo enlace te dejo. Enlace.http://granadaluzcoloryliteratura.blogspot.com.es/2017/01/callejas-del-albayzin-maria-la-miel.html)

                                                          El Granizo
                                          Carril de San Nicolás. Óleo sobre tabla. (52X 38). Autor:
                                                                                       José Medina Villalba. (Colección privada)

Llegamos al cruce con el carril de San Nicolás, dejamos a la derecha el Carmen de los Geranios del que fuera pintor belga, Max Moreau, el Bar El Granizo, hoy convertido en un carmen, y tomando hacia la izquierda nos dirigimos a nuestro objetivo y destino: “El Huerto  del Carlos”.

                                                    El pintor belga Max Moreau

A la izquierda se nos queda el Carmen de Moraima, del que fuera dueño, el Inspector de Primaria, y buen amigo, Víctor Burgos, Colegio Residencia del Pilar y frente a él Nuestra meta.


-¡Por fin hemos llegado! 


 Paseo por él, sacando fotos, el sol invade plenamente todo el recinto, me siento en uno de los bancos, mientras unos niños juguetean con el agua de la fuente en forma de estrella, un perrito intenta coger una pelotita que le lanza su dueño, y mi vista se pierde en lontananza, contemplando, la Sultana Alhambra.

                                              Huerto del Carlos en la actualidad

En esta abstracción, mi mente vuela al pasado para trasladarme de aquel huerto de mi infancia, que no tiene que ver absolutamente nada con éste maravilloso parque moderno,  que echa mucho de menos el que fuera el Huerto del Carlos.

                                         Portón de entrada al convento de Santa Isabel la Real.
                                                                           Óleo sobre lienzo. (90X60).Autor: José Medina Villalba

Siendo monaguillo de la Capilla de las Escuelas del Ave María, cuantas veces pasé por aquí, para ir a por las formas sin consagrar, que a través del torno me aportaban las monjas del Convento de Santa Isabel La Real, los ricos recortes que me daban como propina y cuantas veces, me detuve con mis amigos para divertirme y jugar en el famoso Huerto del Carlos.
-Todo eso está muy bien, todo lo que nos ha contado hasta llegar hasta aquí, pero por favor, empiece de una vez con todo lo que nos vayas a decir sobre el dichoso Huerto del Carlos. 


                                                     José Medina Villaba, nos narra su 
                                                                                               paseo por el Albayzín y el Huerto del Carlos

Querido lector, el Huerto del Carlos fue en mi niñez el mejor lugar del barrio para divertimento de todos los chicos de acá, y de otros que precedían de lugares diversos y  venían  aquí para pasárselo bomba.

                                                  Convento de Santa Isabel la Real

Pero antes de entrar, te quiero contar algo de la historia de este famoso huerto.

                             Panorámica aérea donde se puede apreciar, la situación actual del Huerto del Carlos

El Huerto del Carlos tiene una larga historia hasta llegar al estado actual en el que se encuentra. Se sitúa entre las calles de Santa Isabel la Real, Pilar Seco, Callejón de las Monjas, y Convento de Santa Isabel la Real, fue asentamiento romano, Palacio del rey Badis, y la gran huerta del Convento que fundó la Reina Isabel.

                                                     Zoraya, la reina mora cristiana

En tiempo musulmán fue la gran huerta del rey Mohamed “el cojo”, después pasaría a manos de su hija Aixa, y en este sector se edificaría la Casa de la señora, el Palacio de Dar- Al-Horra, allí vivieron las dos eternas rivales, Aixa esposa repudiada por Muley Hacén, y la cristiana Isabel Solís, Zoraya. 

                                                        Palacio de Dar-Al- Horra

Este palacio se convirtió en un auténtico avispero donde los celos, el orgullo, la envidia y los intereses de una madre fueron envenenando al pueblo que terminó en una guerra fratricida.
Pasaría después a manos de los Reyes Católicos y estos se lo cedieron a Hernando de Zafra como recompensa a la labor realizada en la entrega de Granada.


La Reina Isabel a cambio de estos terrenos, propiedad de su Secretario con otros en la ribera del Darro, construyó el Convento de Santa Isabel, monjas de la orden franciscana, estuvieron muy protegidas por la Reina.

                                                Las monjas enseñan su patrimonio artístico

Con la desamortización de Mendizabal, vinieron malos tiempos para el convento y la huerta dejó de prestar sus productos a las monjitas. Declarado monumento nacional en 1928, comenzaron a soplar tiempos de bonanza para las monjas, que subsisten con la venta de hostias, recortes, magdalenas y de los ingresos de enseñar al público el rico patrimonio artístico que poseen.

                                                Calle de Santa Isabel La Real

Los porteros del convento a principios del siglo XX tuvieron un vástago al que le pusieron por nombre Carlos, este niño se haría tan famoso en sus relaciones con todos los chicos del barrio que venían a participar de las delicias del huerto, al que le pusieron por nombre el, “Huerto del Carlos.

                                                  Un apunte del Huerto del Carlos

Era un verdadero paraíso, florecían ricos frutales: perales, manzanos, membrilleros, higueras, kakis, ciruelos, uvas, almendros granados, naranjos, limoneros que todos los años florecían llegada la primavera, la zarzamora no dejaba de crecer cubriendo los enormes tapiales que lo preservaban del exterior.

                                                 La gran alberca del Huerto del Carlos

Tenía una enorme alberca de  profundas aguas de color verde, de donde partía una enorme canalilla que llevaba el agua al convento, más que canalilla era una acequia, además de los baños, por dos pesetas que nos dábamos,  nuestra gran diversión era el gran canal que llevaba el agua al convento, nuestros barcos unas veces con las latas de sardinas o hechos de papel, los veíamos navegar hasta que se perdían por la escotadura de entrada al convento.

                                      Más que canalilla era una acequia, donde echábamos nuestros barcos

Carlos y su nombre perduraría para siempre, ya de labriego mimó y cuidó su huerta, estableciendo nuevos regadíos, exuberantes, verduras y hortalizas, alegraron sus ojos y de todos los que visitan la huerta para comprar los ricos pimientos, tomates y ricas habas, ajos, cebollas, pepinos, sandías y calabazas, siempre los primeros productos, Carlos se los ofrecía a sus monjitas.

                                 Había varias viviendas en el interior, donde habitaban un buen número de familias

Hubo varias viviendas en su interior, donde habitaron un buen número de familias, tenía un gran portón de madera agrietada por donde pasaban los vecinos que moraban allí, sobre ella y en toda la tapia que lindaba con la calle Pilar Seco, al ser un tapial de no mucha altura los trozos de cristales de botellas rotos, eran los fusiles sin munición que impedían el paso a los intrépidos asaltadores que intentaran penetrar en su interior, cuando se cerraba la puerta.


La chiquillería, y todos los vecinos que durante el verano se bañaban en la alberca, eran los más asiduos, pero el panadero con su jaca torda trayendo el pan de Alfacar, el trapero, con su cesta de loza, para cambiar por trapos viejos, el afilaor, con el sonido inconfundible de su flauta mágica, el lechero, “El cinco mil”, con sus cántaras arrastradas por una vulgar bicicleta oxidada, envejecida de tanto besar el empedrado,


el cañero con su caña en ristre para desatrancar las cañerías obturadas, el chatarrero, el hojalatero, todos hacían su labor en el Huerto del Carlos y por qué no decirlo los del “gori, gori, pater noster”, para acompañar a algún tieso que se marchaba al “otro barrio”. Aquel lugar era especial, una pincelada de penas y alegrías en el corazón del Albayzín.


Había diversas pilas para hacer la colada, tendederos, retretes, lavados intensos de todos los chismorreos del barrio de sucesos ocurridos, de amores secretos y de fantasmas que corrían desangelados por los callejones asustando a algún viandante,  enfrascado en su capa bajo las débiles luces de las farolas, mientras se dirigía a su vivienda, entre tanto, en el silencio de la noche se escuchaba la voz del sereno, 
-¡Las doooooceeeeeeeeee y sereeeeenoooooooo!
 No eran tales fantasmas sino amoríos secretos que se cubrían con sábanas para no ser descubiertos.


María le dice a Antonia:
  -mi "marío" se escondió anoche en un portal y cuando pasaba el fantasma, salió detrás de él,  por más que corría el fantasma, más corría Pepe.
-Oye, María, y, ¿pudo  cogerlo, tu Pepe?
-¡Qué va!, corría más que un gamo, volaba, la sábana lanzada al viento como una bandera, y  solo se le veían los pies, se daba las patadas en las posaderas.  
Un montón de vecinas dejaron las pilas donde lavaban, y como cotillas se acercaron a escuchar el chismorreo que se traían entre manos Antonia y María. Aquello superaba a cualquier folletín novelesco radiado, y además con actores del propio barrio.

                                                  Las lavadores sin electricidad del pasado

     Al final dice María:
-Se metió en el portal del número tres de la Calle Panaderos  donde vive Carmen, la viuda, que hace poco se le murió el "marío".


                                                         Calle Panaderos 

Juanita, una de las mujeres que se había arremolinado alrededor del grupo saltó como una víbora rabiosa.
-Yo sé quién es el fantasma, Juanico el de la Tere, que se está viendo con la viuda.



     La tal Tere, que acababa de llegar al círculo endiablado del comadreo, y  avisada previamente de lo que estaba pasando, se lanzó cual fiera salida de la jaula, sobre Juanita, sus largas uñas, que no habían visto una tijeras desde hacía varios meses, en lugar de rasgarse las vestiduras como hubiera hecho, cualquier hijo de vecino, se permitió el lujo de rasgarle la cara a la de turno, dejando sobre su rostro las huellas, tal cual, hubiese pasado un arado sobre terreno de secano. La cogió del moño y la arrastró tan larga como era sobre el polvoriento terreno del huerto.


-¡Mi marío, es un santo!, y no permito que nadie murmure de él.
Un silencio rompió con el espectáculo, cada vecina ocupó su pila de lavar, y por bajini, pila con pila, coco con codo, seguían chismorreando.


Las peleas entre las vecinas solían ser normales, un “dame que te diré”, simplemente porque Carlitos, el rubio de los pelos acaracolados, el hijo de “La Felipa” le había quitado las “bolas de catarro”, a Pepito el de “La Matilde”, era motivo de otra discusión a voces, que terminaría en las manos entre dos inquilinas, mientras Carlitos y Pepito hacían las pases y seguían jugando, tan amigos como si no hubiese pasado nada.


                                               Jugando con las bolas a los hoyos

     Las monjas del convento desde la época de los Reyes Católicos, y después, refrendado por Felipe IV, tenían concedida la reserva del uso del agua de Aynadamar, Fuente de las Lágrimas, llegada desde Álfacar, -todos los lunes desde las primeras horas de la madrugada hasta el mediodía-, dejando a los habitantes del huerto, desprovisto del preciado líquido.  
     Los vecinos trasteaban en los cauchiles y les quitaban el agua, este hecho si se descubría, era sancionado con la privacidad de doce días sin agua.

                                                       Los vecinos hacían trampas en los cauchiles del agua

A pesar de los diversos nombres que se le ha puesto a través de los tiempos de: Huerta Real, Huerta de Santa Isabel la Real, pero ninguno de éstos  ha podido con el de “El Huerto del Carlos”, ¡por algo será!, la fuerza que este personaje le imprimió a este remanso de vegetación.



Un sonido ronco como salido de un fagot acompañado por un contrabajo, se cierne sobre mi cabeza, estoy pasando por debajo del parral que, a modo  de palio, cubre el pasillo desde la entrada hasta la alberca, es el zumbido de las abejas que intentan llevarse el néctar de la uvas, que penden como farolillos de feria, dejando un hueco en cada uva, que se retuerce de dolor al ver que solo le ha quedado el atavío que cubre su cuerpo, con un ribete chamuscado por el calor del sol.



Había sitios vulnerables para poder entrar  en el huerto, la tapia que rondaba con la  portería de las monjas, era baja y por allí saltábamos para jugar a la pelota.

El Ayuntamiento  se hizo dueño del huerto y con el paso del tiempo las casas se fueron deteriorando, y los inquilinos se tuvieron que ir marchando, hasta que todas las viviendas quedaron en la ruindad, más deplorable.


                                                   Parte del envejecido muro del huerto

El Huerto del Carlos quedó en el más grande de los silencios, salvo los griteríos de los chicos del barrio y de otros cercanos que a través de los huecos abiertos en la cerca, por donde cabían nuestros diminutos cuerpos, penetrábamos en el interior, para darle rienda suelta a nuestros juegos y diversiones.


                                                       Parte del muro se derrumbó

A finales de los sesenta, el huerto del Carlos entró en agonía, el muro que da a la Calle de Santa Isabel la Real, se derrumbó parte de él, abriéndose un enorme hueco, que taparon con ramaje espinoso. El Huerto se convirtió, en un verdadero cascajal a partir de entonces, en un lugar para sacar a relucir la falta del sentido de responsabilidad y de civismo  de los vecinos, y no allegados al lugar, donde se vertieron todas las basuras, cascajos de derribos y obras. 



¡Una pena!, si Carlos levantara la cabeza, y viera entre una rara nebulosa una mezcolanza, de frescas lechuga, ricas peras, tomates sonrosados, higos isabeles…., mezclados en una amalgama de inmundicias, tornaría rápidamente a su tumba.  

                                                 El huerto se convirtió en un campo de fútbol

Sin embargo, como los árboles se secaron y todo se allanó el huerto se convirtió en un campo de fútbol donde se hacían competiciones y liguillas entre los niños de las distintas calles, e incluso de otros que vinieron de otros barrios, hasta los adultos acudían a ver nuestros partidos, llegó el momento que había que pedir día y hora para poder usar el campo.


                                                         Jugábamos a la rayuela

Había diversos sitios donde se podía jugar a la rayuela, a la lima, a las canicas, al trompo, a las cajillas, al boli uno, boli dos, boli tres, a chichiri voy a los pies de tu cabeza voy….


                                                      Una mañana deliciosa en el Huerto del Carlos

Las vistas que hay desde el huerto, son inmejorables, la Sultana Alhambra, Sierra Nevada son el mejor decorado que podemos contemplar, y algunas casitas del Centro de acogida de niños de la Residencia El Pilar, en primer plano, limitando con la calle de Santa Isabel la Real.
Hay quien va allí simplemente para descongestionarse del ruido de la ciudad, o el que lo tiene como lugar de entrenamiento, para después lucir sus habilidades delante de los coches que, en unos momentos, se han detenido delante de un semáforo para obtener la dádiva generosa de algún conductor.





                                              Magníficas vistas de la Alhambra y de Sierra Nevada

Incluso se llegaron a rodar películas como la titulada: “El hombre que supo amar", relacionada con la vida de Juan Ciudad, San Juan de Dios.



Hubo diversos proyectos para transformar el huerto, pero con las excavaciones pertinentes todo se esfumó, había demasiada historia de épocas pretéritas. Se hicieron profundos agujeros que después hubo que rellenar con cascajo, se convirtió en el cascajal de todas las obras del Albayzín.


                                                        Restos arqueológicos protegidos

En las excavaciones que se hicieron aparecieron más de dos mil años de historia, allí cohabitaron en diferentes tiempos los diversos pueblos que han pasado por la península.
Con ayuda de fondos europeos se construyó un destartalado parque subterráneo, y encima una zona verde que quedó en una plaza con diversas terrazas, que no encaja para nada con el estilo arquitectónico del Albayzín.


                                                     Aparcamiento subterráneo debajo del huerto

 Sin embargo lo que más impresionaba de este lugar era el silencio, alterado por el canturreo de los pájaros y el tintineo de las campanas del convento llamando a las monjas a la oración.


                                                        Claustro del convento

Como contraste, últimamente, ese silencio que era la tónica común al principio, en la actualidad ha tomado otros derroteros, se ha convertido en un auténtico cajón de sastre donde se mezclan, turistas, con vecinos,  con niños vociferando,  con perros y sus cagadas, 



con grafitis, botellones, tambores a todo trapo, y un dislate que no deja vivir a nadie sobre todo en las placidas noches del verano.


                                                    El botellódromo del Huerto del Carlos

Hoy he vuelto de nuevo  al Huerto del Carlos, me he sentado en uno de los bancos, y por mi mente han pasado como un verdadero films todos los acontecimientos de mi infancia, sobre todo entrar en el convento en los atardeceres otoñales, por ese majestuoso portón y percibir el silencio monacal,



 interrumpido por la orquestación de los gorriones que vienen a pasar la noche en la arboleda, llegar al torno, tirar de la cadena para escuchar el sonido de una campanilla, esperar, y esperar, hasta escuchar el sonido de los pasos de la madre tornera y una voz tierna y dulce, como la de una madre que acoge al recién llegado.


                                                      El torno del convento

-¡Ave María Purísima!
¡Sin pecado concebida!
- Madre, soy Pepito, el monaguillo de las Escuelas del Ave María, le dejo la caja para las hostias.
-Madre.
-¿Qué hijo mío?.
-¡Que no se le olviden los recortes!
Salí comiéndome los recortes todo ufano y dichoso, escuchando las voces de los que jugaban al fútbol en el huerto.


                                                  Bajando por la Caldelería, camino del Realejo

Siguieron pasando muchas escenas vividas allí y otras que me contaron, hasta que un rayo de sol, de esta mañana otoñal resplandeciente, me hizo salir del letargo.
Había que seguir disfrutando de la mañana, descender por la callejas estrechas, ver como al doblar una esquina siempre nos está guiñando un ojo de complicidad la Alhambra, la novia del Albayzín que en los días soleados se siente más Sultana.



Sonidos misteriosos de cuerdas de guitarra, salidos de los tapiales del carmen, recrean los oídos a los que cansados de subir la calleja, preguntan con voz fatigosa, ¿Donde se encuentra el Mirador de San Nicolás?
-Ya les falta poco, sigan subiendo, dentro de cinco minutos la tendrán al  alcance, para desde allí poderle dar la mano a la que todo el mundo admira.



Placeta de Carvajales, ¿Quien no se despide de ella en esta plácida mañana otoñal? Lugar donde la paz, la tranquilidad y el sosiego, calan en los más profundo del que la visita, mientras un rayo de sol se esfuerza escudriñando entre las ramas de la arboleda para mezclase con el verdín del empedrado.



 La estirada fuente, porque no tenía más remedio que ser alargada para que la Alhambra se pudiera introducir en su agua;  allí se mezclan los guiri, aleccionados por el guía, con los hippies acompañados de sus perros.


La Alhambra la tienes tan encima, que hay momentos que te subyuga tanta grandeza. como si quisiera dejarse caer encima, para abrazar al que desde abajo la contempla, desde un lugar tan recoleto, y encantador. 
Deshacemos la Cuesta de San Gregorio para introducirnos en el Marrakech, escuchando el rumor del agua de la fuentecilla alimento que calma la sed en una mañana calurosa, observando al  que intenta hacer malabarismos, sin ningún resultado, o pidiendo a unas amables señoritas, el poder introducir mi figura en el móvil para recuerdo de esta plácida mañana.



  Dejándome caer por las callejas albaicineras volver de nuevo a mi barrio, el del Realejo, sin olvidar que soy albaicinero de la parte Este, más en concreto de la Cuesta del Chapiz, en una palabra un hibrido, entre albaicinero y greñuo.
                                          
                                          José Medina Vilallalba.
  
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